Mi amado otoe

El otoe estelarizó un concurso de cocina en el Biomuseo, donde era ingrediente de uso obligado. De chiquita, escarbaba el otoe de la sopera cada vez que hacían sancocho en casa.

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CORTESÍA/Melissa De León CORTESÍA/Melissa De León
CORTESÍA/Melissa De León

Recientemente tuve el honor de ser invitada a formar parte del jurado del concurso Biodiversidad a la carta, organizado por el Biomuseo, que parece ser el nuevo –y definitivo—nombre del Museo de la Biodiversidad diseñado por Frank Gehry.

Aquí entre nos, me parece una maravilla: corto, sucinto y elegante. Así que al Reina Torres hagamos una petición para que le pongan “El Crisoleo”, porque es de antropología, y como todos sabemos que Panamá es un crisol de razas, pues, listo. Aunque podríamos confundir a los turistas.

Pero volviendo al tema: tuve que declinar el honor debido a que tenía un compromiso previo, y me dolió en el alma porque las bases del concurso, que estaba destinado a “estudiantes de las carreras de gastronomía o artes culinarias de las universidades y academias de Panamá, así como todos los cocineros que tengan hasta cinco años de experiencia laboral en una cocina profesional de hotel, restaurante, servicio de banquetes y pastelerías del territorio nacional.”

Ese fue el concurso de eliminatoria, ya que el final se celebrará dentro del marco de Panamá Gastronómica 2010, especie de circo gastronómico de siete carpas, con charlas, catas, demostraciones, ventas de comida, en fin: todo un universo de sabores. Y, sí, ta kul conocer al nuevo talento y todo ese asunto, pero lo que más me entusiasmó fue que había que hacer un plato de sal y uno de dulce, y tenían, por fuerza, que llevar estos ingredientes: otoe o maíz, los de sal, y mamey o nance, los de dulce.

Ok. Lo del nance no me volvió loca (“es que quien no tiene mamá criolla que le enseñe desde chiquito, jamás aprenderá a comer nance”, me comentó después una amiga sabia); pero los otros tres me encantan. Aunque lo del nance lo refuto con este argumento: tengo una amiga criollísima que detesta el olor de la papaya, y esta última está como ocho renglones más abajo que el nance en la escala olfativa, si existiese una para frutas.

Pero, bueno: yo soy completa amante del otoe. De chiquita, cuando servían sancocho en casa, chifeaba por completo el ñame para dedicarme a hurgar el otoe.

La yuca me la comía de buena gana si era de esa que traía tanto almidón y quedaba tan cocinada que se ponía traslúcida, pero los trocitos esos moraditos de otoe me podían transportar de la dicha.

VEA ¡Cuántos nombres para el otoe!

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