Democracia secuestrada

Una vida póstuma, de Fernando Berguido, es sobre la mortalidad, esa realidad de que todos tenemos un día para nacer y otro para morir, pero ese es un tema que evitamos hasta cuando no tenemos otra salida.

Berguido redactó Una vida póstuma para compartir el trance que tuvo que librar cuando la leucemia lo visitó y no lo quiso soltar tan rápido.

Quizás los más morbosos quieran leer los apartes en que acepta sin complejos ni problemas, como debe ser, su condición homosexual o a lo mejor les llame más la atención si el periodista Gustavo Gorriti fue un santo o un monstruo para La Prensa.

Pero lo que hace de verdad grande a este libro va más allá. Su poder es cuando pone en evidencia el comportamiento, poco sano, de uno y cada uno de los mandatarios que hemos tenido desde que la democracia fue recuperada de las garras de los militares.

Estamos ante uno de esos libros valientes y sinceros. Sé que es un lugar común decir que una obra es de lectura necesaria, pero pocas veces eso es tan cierto como en esta autobiografía, ya que en sus 472 páginas Berguido no solo analiza y confiesa sus combates internos y externos, sino que al final este título colabora a la comprensión de la historia política reciente de Panamá.

En un país como el nuestro, donde el gusto por conocer sobre el pasado reciente o lejano es algo reducido; en una sociedad que sufre de amnesia crónica por conveniencia o cobardía, esta clase de publicaciones ayuda a refrescar los hechos que ocurrieron hace un puñado de años y que nos marcaron a todos de distintas formas.

Berguido tuvo la dicha de ser testigo de acontecimientos que marcaron el acontecer de este istmo, ya sea por motivos familiares o por los cargos que ha desempeñado.

Como miembro de la Comisión de la Verdad (2001) conoció de cerca las violaciones a los derechos humanos que sufrió más de un istmeño durante la dictadura militar, y como presidente del capítulo panameño de Transparencia Internacional (2000-2005) descubrió que más de un funcionario no entendió, o no quiso comprender, lo que significa ser honesto.

Quizás el puesto que lo acercó más a los vaivenes de la política, en especial a esa que causa vergüenza propia y ajena, fue ser presidente de la Corporación La Prensa (2004-2011). Desde esta responsabilidad colaboró a denunciar los entuertos de más de un presidente, elegido por la vía democrática, que se comportó igual o peor que los militares que gobernaron a la fuerza este territorio.

Berguido nos recuerda que aún hay puntos por aclarar sobre el escándalo del Cemis, sobre los gastos irresponsables de las cuantiosas cuentas oficiales de los presidentes, sobre sus vínculos con figuras dentro y fuera de los límites nacionales, entre otros líos que están por resolver.

Pertenecemos a una sociedad global dominada por el debilitamiento de las instituciones democráticas. Desde Nicaragua hasta Panamá, de Venezuela a Rusia, el poder autoritario sin medida, la corrupción descarada y los sobornos marcan la pauta.

Una vida póstuma aparece en una época triste para la democracia nacional. Tenemos a un hombre elegido por una notable cantidad de votantes, una persona que se debe a su pueblo, pero que nos trata como si fuera el amo absoluto de la Tierra.

Este libro nos recuerda que la democracia moderna está enferma de muerte, y yo agregaría que por culpa de dos sectores.

Por un lado, la culpa la tienen los malos representantes de corregimiento, los pésimos legisladores y los presidentes desleales, y por otro, los responsables somos nosotros que elegimos al menos peor y no al más capaz. Todos somos al mismo tiempo secuestrados y secuestradores de la libertad y la democracia.

BIOGRAFÍA

HECHOS.

Fernando Berguido es abogado graduado de la Universidad Santa María la Antigua, obtuvo una maestría en Derecho de la Universidad de California y fue Nieman Fellow de la Universidad de Harvard. Sin olvidar que es periodista y pintor.

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