Audrey Hepburn, heroína romántica en la pantalla, de cuya desaparición se cumplen 20 años, tuvo una vida llena de carencias afectivas que solo suplió, finalmente, como embajadora de Unicef.
Cinco nominaciones al Oscar y cinco abortos. Dos estatuillas y dos matrimonios fallidos. Audrey Hepburn, probablemente el ícono del cine clásico más perdurable junto a Marilyn Monroe, activó en la audiencia algo que ella echó de menos desde niña: el cariño y la adoración.
Musa de Givenchy en la moda; de Stanley Donen, Billy Wilder, George Cukor o Blake Edwards, en la pantalla, pero rechazada por Albert Finney y Ben Gazzara fuera de ella. Su belleza era más etérea que sexy y sin el aura del glamour de películas como Roman Holiday o Breakfast at Tiffanys, Audrey se sentía desvalida.
Abandonada por su padre y con una madre incapaz de transmitir el cariño, forjó una inseguridad que la hacía hidrofóbica o le provocó el llanto cuando vio que no habían respetado su voz en las canciones de My Fair Lady.
La delicadeza deslumbrante de Hepburn en la pantalla tenía un envés mucho más preocupante en la vida real. Y así, marcada por el rodaje de The Nuns Story, acabó entregándose a las causas humanitarias.
Misiones en Somalia o El Salvador como Embajadora de Buena Voluntad de Unicef, pero en las condiciones de una voluntaria más, le reportarían un Oscar honorífico.
Así, falleció, sentimentalmente realizada, por fin, el 20 de enero de 1993 a los 63 años.
