El deporte suele ocupar un espacio importante en nuestra vida cotidiana. Nos apasionamos por los resultados, discutimos decisiones arbitrales, cuestionamos entrenadores y celebramos victorias como si fueran propias.
Sin embargo, hay momentos en los que un marcador, una clasificación o un campeonato pierden toda relevancia frente a una realidad que nos recuerda cuáles deben ser nuestras verdaderas prioridades.
El terremoto que sacudió Panamá el pasado viernes 9 de octubre, particularmente en la región central del país, nos ha colocado precisamente ante uno de esos escenarios. Familias que han perdido sus viviendas, comunidades afectadas, infraestructuras dañadas y cientos de panameños que todavía viven con la incertidumbre de las réplicas.
En medio de esta situación, el deporte también se vio obligado a detenerse.
La Liga Panameña de Fútbol anunció la reprogramación de encuentros de su duodécima jornada, mientras que la selección femenina de Panamá tuvo que cancelar sus dos partidos amistosos contra Nueva Zelanda, que estaban programados para el sábado 10 y este martes 13 de octubre.
Eran compromisos importantes, especialmente para una selección femenina que busca llegar en las mejores condiciones a sus próximos desafíos internacionales. Pero ninguna preparación deportiva puede estar por encima de la seguridad de las futbolistas, los aficionados y todas las personas involucradas en la organización.
Y es que hay ocasiones en las que la mejor decisión que puede tomar el deporte es, sencillamente, hacerse a un lado.
Sin embargo, lo que hemos visto durante estos días también demuestra que el deporte puede desempeñar un papel mucho más importante que el de ofrecer entretenimiento.
En la provincia de Los Santos, por ejemplo, el estadio Olmedo Solé de Las Tablas fue habilitado como centro de acopio y operaciones para recibir ayuda humanitaria. Asimismo, Pandeportes puso a disposición distintas instalaciones deportivas para brindar resguardo temporal a las personas afectadas.
Son escenarios que habitualmente asociamos con competencias, entrenamientos, celebraciones y rivalidades, pero que hoy adquieren un significado diferente.
Donde normalmente se organiza un evento deportivo, ahora puede organizarse la entrega de alimentos. Donde se reúnen aficionados para apoyar a sus equipos, hoy pueden encontrarse familias que necesitan protección y un lugar seguro.
Estas circunstancias también nos invitan a reflexionar sobre la importancia de contar con una infraestructura deportiva adecuada, segura y funcional.
Con frecuencia hablamos de los estadios únicamente desde la perspectiva de su capacidad, las condiciones de sus terrenos de juego o las comodidades que ofrecen a los espectadores. Pero pocas veces pensamos que estas instalaciones también pueden convertirse en espacios fundamentales para atender una emergencia.
Por eso, invertir en infraestructura deportiva no debe entenderse exclusivamente como una apuesta por el desarrollo de atletas o la organización de espectáculos. También representa una inversión en espacios comunitarios que, bajo condiciones apropiadas de seguridad, pueden cumplir otras funciones cuando más se necesitan.
Por supuesto, llegará el momento de reanudar las competencias, recuperar los encuentros suspendidos y volver a discutir sobre resultados, arbitrajes y posiciones en la tabla. El país también necesitará recuperar sus rutinas y el deporte será parte importante de ese proceso.
Pero hoy las prioridades son otras.
Confío que esta emergencia también nos deja una enseñanza sobre la solidaridad, la preparación y la importancia de construir instalaciones que verdaderamente estén al servicio de las comunidades.
Porque un estadio puede ser escenario de grandes triunfos deportivos, pero también puede cumplir una misión mucho más trascendental cuando abre sus puertas para ayudar a quienes atraviesan sus momentos más difíciles.
Al final, hay partidos que se pueden reprogramar. La solidaridad con quienes lo han perdido todo no debería esperar.



