Durante años, hablar de Concacaf significó establecer fronteras bastante claras. México y Estados Unidos estaban arriba, Costa Rica había construido una respetable tradición mundialista, mientras que selecciones como Panamá, Honduras y Jamaica trataban de abrirse espacios en el siguiente escenario.

Más abajo apareció un grupo de selecciones capaces de incomodar ocasionalmente, pero pocas veces, de alterar el orden establecido.

Ese mapa ya no existe.

Los sustos que Surinam le provocó a Panamá durante la pasada eliminatoria mundialista fueron probablemente una de las primeras señales que tuvimos que tomar en serio. Después llegaron hechos mucho más contundentes: Haití regresó a una Copa del Mundo después de más de medio siglo y Curazao consiguió una histórica primera clasificación mundialista. Panamá también obtuvo su boleto directo, mientras Surinam llevó su campaña hasta el repechaje intercontinental.

No parece casualidad. Estamos ante una transformación profunda del fútbol de Concacaf.

Mientras Panamá juega por estos días en Japón contra selecciones que estuvieron presentes en el Mundial 2026, como Nueva Zelanda y Ecuador, resulta inevitable mirar hacia atrás y reconocer cuánto ha cambiado nuestra propia realidad. Panamá ha dado un salto importante durante los últimos 12 años hasta instalarse entre las principales selecciones de la región. De hecho, llegó a esta edición de la Liga de Naciones como una de las cuatro selecciones mejor ubicadas del ranking de Concacaf, junto con México, Estados Unidos y Canadá.

Pero precisamente allí está el peligro: creer que esa posición está garantizada.

El crecimiento regional ha reducido distancias. Selecciones que antes podían parecer rivales accesibles han entendido que una de las maneras más rápidas de elevar su nivel es ampliar la búsqueda de talento más allá de sus propias fronteras. Curazao es posiblemente el ejemplo más evidente, pero no es el único.

República Dominicana merece una mención especial dentro de esa tendencia. Como otras selecciones caribeñas, ha puesto especial atención en jugadores formados futbolísticamente en Europa que, por ascendencia y nacionalidad, pueden representar al país. Es una fórmula que acelera procesos que tradicionalmente requerían generaciones completas.

Y el asunto dejará rápidamente de ser una reflexión teórica para Panamá.

En noviembre, el equipo de Thomas Christiansen disputará los cuartos de final de la Liga de Naciones ante uno de los clasificados provenientes de una fase en la que aparecen Haití, Curazao, República Dominicana, Surinam, Jamaica, Honduras y otras selecciones que quieren alterar definitivamente la jerarquía regional. Esa serie no solo entregará un boleto al Final Four: el ganador también clasificará directamente a la Copa Oro 2027.

Después vendrá un desafío todavía mayor.

En septiembre de 2027 comenzará la eliminatoria de Concacaf rumbo al Mundial 2030 y esta vez regresarán al camino clasificatorio Estados Unidos, México y Canadá, ausentes del proceso anterior por su condición de anfitriones de 2026. El nuevo formato reunirá eventualmente a las principales potencias de la zona en una competencia que promete ser bastante más exigente.

Por eso el reto de Panamá no puede limitarse a defender lo conseguido.

A Thomas Christiansen y a los futbolistas les corresponde conservar una ambición que ha permitido transformar la percepción internacional sobre la selección panameña. Ya no se trata solamente de clasificar, sino de mantenerse compitiendo contra selecciones mundialistas, buscar títulos regionales y sostenerse dentro del grupo de referencia de Concacaf.

Y habrá que hacerlo mientras comienza inevitablemente un relevo generacional.

Ese proceso seguramente tendrá tropiezos, porque desarrollar nuevos jugadores mientras se exigen resultados inmediatos nunca resulta sencillo. Algunos deberán recibir minutos antes de parecer completamente preparados y otros tendrán que asumir responsabilidades que hasta hace poco pertenecían a futbolistas históricos.

Panamá no puede esperar a que una generación termine para comenzar a construir la siguiente.

La nueva Concacaf no concederá ese tiempo.

Haití, Curazao, Surinam, República Dominicana y otras selecciones ya están avisando que quieren un lugar en la mesa. Panamá pasó muchos años intentando llegar hasta allí.

Ahora empieza otro desafío: demostrar que sabe cómo quedarse.