No despiertes a los niños

En la avenida Central, un transeúnte recrimina al director Abner Benaim por el rodaje de Invasión. “Vas a revolver eso de nuevo: eso ya quedó en el olvido”. De la intervención estadounidense a Panamá de 1989, borrón y cuenta nueva.

Uno con acento paisa sugiere que existe temor en tratar la materia, “para que no te pase nada”. Es variado el repertorio de personajes que intervienen para decir su verdad, desde todos los ángulos, entre hechos, leyendas, criterios y reflexiones. Una obra empotrada en los testimonios con simulaciones teatralizadas de los hechos.

Rubén reclama la falta sobre ese debate: “Hay que poner voz al dolor que hubo. Ese dolor no habló”. No falta quien diga que el asunto no se enseña en las escuelas, como si ya los historiadores y la historia hubiesen resuelto cómo se suscitó la pesada carga.

El filme de Benaim me recordó La vaquilla, largometraje del director español García Berlanga. Trató, en comedia y 45 años después, la guerra civil española, que se calcula cobró un millón de muertos. Fue protagonizada por soldados republicanos –antifranquistas– que se infiltraron en una zona contraria.

En medio de la narración de una tragedia, de caleidoscopio con los bombazos a la medionoche del 20 de diciembre, para algunos, se presentan momentos de hilaridad, como el testimonio esperpéntico de Durán, de humor y perplejidad. Si no sucedió, embona bien en el camino a la catarsis sobre el acontecimiento, que habrá de llegar algún día. Aunque me advierte Edilia Camargo: “Nunca va a llegar”.

El exboxeador y leyenda viviente asegura que lo dominaba una juma cuando empezaron los bombazos, y que fue proveído de una metralleta para defender la patria y a Noriega; no obstante, al llegar a su vivienda y ante tal pretensión guerrera, fue amarrado debajo de la cama, y de esa forma debió pernoctar. Al día siguiente, intentó poner el arma a disposición de la protección del vecindario, sin embargo fue acusado de haber escondido a Noriega, el más buscado por los gringos.

Los protagonistas hablan del pam bum, clan clan de aquellas horas, mientras un atarantado predicador emergente resuelve el recuerdo con versículos bíblicos, y otros con la Navidad que significó la saqueoventa de artículos consumibles, incluso libros. Estufa, lavadora, zapatilla, sombrero. Hasta la silla presidencial fue hurtada. “Una Navidad triste y jugosa”, se define.

En la Nunciatura se refugia Noriega, y de ella sale, tras un ataque musical de rock. La Nunciatura le apodan en El Chorrillo a una casa en la que maleantes se congregan para residir. Quienes lidian con el expoderoso en sus días de refugio son protagonistas. Ante su fin de prisión, le declara a uno de ellos: “Todos somos moléculas”.

En la Nunciatura, como pólvora, se riega la idea de que si a la edificación sobre la vía Italia se le puede levantar su inmunidad y, de paso, la multitud lo lincharía, como le sucedió al padre del fascismo en las inmediaciones del lombardo lago de Como. El nuncio Laboa sostendría que la entrega fue voluntaria, después de una larga conversación telefónica con el Vaticano.

El “matrimonio” de Noriega con Estados Unidos no era feliz. “Matrimonio” que tenía de por medio a la CIA. Y existen complicidades por el control de tráfico de drogas procedente de Colombia, que llega hasta exportarse desde el propio Comando Sur.

Mucho referencia a difuntos de la intervención. Como los soldados tiraban a todo aquello se moviera en las calles 25, 26 y 27 de El Chorrillo, negligencia en la puntería, descripciones sobre lisiados y sobre impactos en la anatomía; muertes de un disparo, por esquirlas, por tiro certero en el cerebro y otras en picadillo.

Total de muertos nativos: no se sabe. Hay listas, unas de 43, de 800, y se habla hasta de 7 mil.

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