Una empresa puede tener sus reglamentos en orden, exhibir un código de ética en sus instalaciones y cumplir con las exigencias de los reguladores.
Pero ¿qué ocurre cuando las decisiones cotidianas contradicen esos principios? ¿De qué sirve proclamar una cultura de integridad si esta no se refleja en la conducta de quienes dirigen la organización?
La respuesta está en la distancia entre lo que una empresa dice defender y lo que realmente lleva a cabo.
Esa brecha fue uno de los temas centrales de la quinta edición del Compliance Summit, organizado por Tigo Panamá, en la que expertos nacionales e internacionales analizaron el impacto de la ética en la cultura organizacional y la importancia del cumplimiento normativo para la sostenibilidad de los negocios.

Para Jimena Alguacil Césari, fundadora y CEO de TOTH Compliance y consultora internacional en cumplimiento, uno de los principales obstáculos para desarrollar una cultura de integridad es la falta de compromiso de la alta dirección. Las políticas y los procedimientos pierden fuerza cuando quienes deben dar el ejemplo no actúan de acuerdo con ellos.
La especialista advierte que las empresas también deben ampliar su visión de los riesgos. El lavado de dinero no es la única amenaza que enfrentan las organizaciones: el fraude interno, el acoso, los conflictos de interés, la corrupción, las filtraciones de información y los problemas de protección de datos y ciberseguridad también requieren atención.
Alguacil Césari considera también que el cumplimiento no debe presentarse únicamente como una obligación para evitar multas o sanciones. Una cultura ética también puede convertirse en una ventaja competitiva, contribuir a atraer talento y favorecer el crecimiento sostenido de una organización, sostiene.
La responsabilidad, sin embargo, no recae exclusivamente en un departamento especializado. Para Temístocles Rosas, presidente del Instituto Corporativo de Panamá y referente en gobierno corporativo, la cultura ética debe comenzar en la junta directiva y extenderse a toda la estructura empresarial, incluidos los colaboradores y los proveedores.
“Yo no puedo pretender que voy a generar una cultura ética cuando mi junta directiva lo hace diferente o lo hace contrario”, afirma.
Rosas también destaca la importancia de contar con códigos de ética, mecanismos para identificar conflictos de interés y canales de denuncia que permitan investigar, sancionar y corregir las conductas contrarias a las políticas de una organización. A su juicio, hacer las cosas bien no depende del tamaño de la empresa: también se expresa en acciones tan cotidianas como facturar correctamente, cumplir con lo acordado y atender las necesidades de los clientes.
Desde la perspectiva del liderazgo y la gestión del talento, Alma Gordon, especialista en liderazgo de Recursos Humanos y Cultura, con experiencia en Panamá y la región, plantea que alcanzar los objetivos financieros ya no es suficiente. Las organizaciones también deben prestar atención a la manera en que obtienen sus resultados.
La ética y el cumplimiento −señala− generan confianza entre los colaboradores, los inversionistas, la sociedad y las autoridades. Por eso, no pueden entenderse como una responsabilidad exclusiva del departamento encargado de supervisar las normas, sino como un compromiso de todas las personas que integran una organización.
“Eso se basa en la ética del cumplimiento, en tomar las decisiones correctas, aun cuando nadie nos ve”, afirma Gordon.

Esta cultura también debe extenderse a las relaciones comerciales. Oneil Alvarado, gerente senior de Ética y Cumplimiento de Tigo Panamá, sostiene que las personas buscan cada vez más empresas que se identifiquen con valores de integridad y transparencia. Esa expectativa alcanza a colaboradores, proveedores y clientes.
Para Alvarado, actuar correctamente fortalece la reputación y contribuye a obtener resultados sostenibles. Los negocios que no se desarrollan de manera adecuada, advierte, pueden ver comprometidos sus resultados con el paso del tiempo.
El desafío para las organizaciones −de acuerdo con las reflexiones planteadas en el foro− es lograr que la ética deje de ser una declaración escrita y se convierta en una práctica cotidiana. Y esto implica que las decisiones de los directivos, la conducta de los colaboradores y las relaciones con los proveedores respondan a los mismos principios.



