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Dos banderas

Los tambores de noviembre no emiten la misma energía patriótica de antes mientras que los saludos a las autoridades se han convertido en meros ejercicios protocolares ante el supuesto pero fallido compromiso por resolver los problemas que ahogan a la población.

La renuncia al sueño de mejores días sería una actitud antipatriótica sin lugar a dudas porque la fe y la fuerza no se negocian cual tratado Hay-Buneau Varilla. ¿Dónde busco la inspiración necesaria para no perder la esperanza en la panameñidad?

A veces los más intensos momentos patrióticos surgen de instancias inesperadas.

Hace par de días me encontré con una bandera escondida en un cuadro del irrepetible Julio Zachrisson en el Museo de Arte Contemporáneo que recuerda lo mancillado que ha estado nuestro país por el descuido de una clase política que ha preferido ostentar poder antes de ejecutar con voluntad.

Figuras desencajadas casi descompuestas por la desesperanza y abrumadas por la oscuridad de un pueblo a veces sumiso están allí mirándome. La bandera está invertida como nuestros valores hoy. Siento la angustia del personaje sin ojo que recuerda el llanto del bebé enfermo porque no hay agua en la casa, porque el papá perdió el empleo, porque la comida no alcanza, porque la medicina no llega, porque en unos cuantos días nos quitan la casa.

La bandera de Zachrisson pretendía resaltar el dolor del 9 de enero del 1964; esa bandera es reflejo pleno del Panamá que cierra el año 2022.

Curiosamente, minutos más tarde, como sin querer la cosa me encuentro con otra bandera.

Esta bandera está viva, se experimenta una emoción diametralmente opuesta a la del cuadro de Zachrisson.

Esta bandera encierra la fuerza y el tesón que nos ha distinguido como punto esencial en el crecimiento del comercio mundial; la bandera contagia de esperanza a pesar de la fragilidad de nuestras instituciones que en la cotidianidad nos fallan una, y otra y otra vez.

Se puede ver exactamente el área en la que fue rasgada mientras definíamos nuestra identidad nacional.

La bandera está en el Museo Interoceánico del Canal de Panamá en el Casco Antiguo y fue la misma que entró a la antigua Zona del Canal en enero de 1964 sin saber que saldría ensangrentada, dolida y reventada.

La oscuridad de la bandera de Zachrisson conmemora la aprobación anual de un presupuesto millonario que se acomoda al beneficio de algunos cuantos pero que debe empujar a un país a preparar mejor a sus hijos con habilidades nuevas que permitan la independencia de subsidios; que mueva a un pueblo a involucrarse para ser parte de la solución y no del problema; que finalmente una clase política se concentre en hacer lo necesario para que el agua llegue a la 24 de diciembre.

La potencia de la bandera del 9 de enero nos permite soñar en un país que innova, que apuesta a la ciencia como vehículo impactante de vidas, que desarrolle la seguridad jurídica para que la inversión privada genere empleo.

Dos banderas que nos muevan a “alcanzar por fin la victoria, en el campo feliz de la unión”. Conócelas. Siéntelas. Quizás te sirvan de luz, como a mí, en momentos de oscuridad.

El autor es economista


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