Un genio torturado

La otra noche me metí en el sobre (léase cama) que me lleva a brazos de Morfeo, mas sin fines oníricos: Quería ver A Good Woman, película con Scarlett Johannson y Helen Hunt, basada en El abrigo de Lady Windemere. ¿Razón? No las magníficas artistas que estelarizan la comedia de errores, sino el autor del libro. Porque Wilde era un hombre absolutamente genial, como toda esa magnífica grey, incomprendido en su época.

En El abrigo de Lady Windemere, como es de esperar, Wilde imparte sus famosas perlas de sabiduría y humor: La primera que me viene en mente es aquella en que dice “no gustar de los cumplidos, ya que no veo por qué un hombre debe pensar que está complaciendo a una mujer enormemente cuando le dice un montón de cosas que no siente”.

Y es que Wilde podrá haber aborrecido los cumplidos, pero hacia terceras personas. Porque, honestamente, no le faltaba tinta para elogiarse a sí mismo, como cuando en la misma obra declara que él es la única persona a quien desearía conocer a profundidad; y en La importancia de ser Ernesto, indica sin pelo alguno en la lengua, que “nunca viaja sin su diario, ya que hay que tener algo sensacional que leer en el tren”, y además, tenemos la famosa anécdota de la aduana francesa, cuando dijo: “No tengo nada que declarar, solo mi ingenio”.

En El abrigo de Lady Windemere, también dice una de las grandes verdades: “En este mundo hay solo dos tragedias. La primera es no obtener lo que uno quiere; y la segunda, obtenerlo” e inserta una de sus más famosas citas: “¿Qué es un cínico? Uno que conoce el precio de todo, mas desconoce su valor”.

Era, como todo londinense de la época, o mejor dicho, como todo ciudadano del mundo –remontándonos a la última era de hielo–, un gran amante del chisme.

Sí, al señorito Wilde le encantaba el intercambio de “información”. Consideraba que la historia no es más que chisme, pero el escándalo es un chisme que la moral transforma en algo tedioso.

Y por supuesto, a él, su propio rollo no le interesaba, por lo que prefería el ajeno.

El genial, torturado hombre, murió joven. Tal vez sus dos años de prisión por sodomía potenciaron su mala salud, pero tras dejar prisión fue exiliado: eligió París, donde vivió, paupérrimo, bajo el seudónimo de Sebastián Melmoth, personaje titular de Melmoth el errabundo.

Yace en el cementerio Père Lachaise, con un epitafio tomado de Balada de la Cárcel de Reading: “Y lágrimas desconocidas llenarán, por él, la urna largo rota de la piedad; pues sus dolientes serán los proscritos, y los proscritos siempre llevan luto”.

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