Sin darnos cuenta, con acciones aparentemente irrelevantes adiestramos a nuestro perro. Un ejemplo es cuando llegamos a la casa o viene alguien a visitarnos, y el perro saluda ansioso demostrando su alegría con saltos, y generalmente termina estampando sus simpáticas almohadillas caninas en la ropa.
Seguramente este aprendizaje comenzó cuando la primera vez que lo hizo para estar más cerca y lamernos la cara, nosotros le sostuvimos acariciándole la cabeza, premiando su accionar, pero a través del tiempo esto se transforma en un molestoso hábito.
La manera de revertir este proceso es haciendo un simulacro de la situación y revertir el resultado de la escena. Para esto harán falta figurantes que actúen como visitas, a los que pediremos que toquen el timbre. Cuando el perro comienza a ponerse ansioso al escuchar la chicharra, comenzamos la corrección y es más sencillo hacerlo con la correa puesta.
Una vez tranquilo, preferiblemente sentado, lo premiamos con una caricia y alguna palabra que le transmita complacencia, por ejemplo, “muy bien”. Segundo paso, entra la visita de manera calmada y sin hacer contacto visual o físico con el perro.
Lograda esta escena, la persona se agacha y le acaricia sin demasiado estímulo mientras seguimos reforzando el “muy bien”. Si el perro salta, el figurante tiene que alejarse e ignorarlo, y nosotros corregir sin alterarnos. Es necesario que la visita salga y entre varias veces en intervalos de 10 minutos hasta lograr el estado ideal: un perro atento esperando ser saludado de una manera calmada.
