El último adiós de Segundo Emilio Castro Díaz estuvo lleno de anécdotas por parte de familiares, expeloteros, dirigentes y amigos, coincidiendo todos en que el número 7 en su momento de la tropa santeña fue un “gran caballero”.
Castro Díaz, lanzador y primera base de la uniformada santeña y quien formó parte de los equipos campeones de la categoría mayor en los años 1972, 1974 y 1976, falleció el pasado 14 de enero.
Las honras fúnebres del profesor, dirigente y comentarista deportivo Emilio Castro (quien falleció a los 71 años de edad) se realizaron la tarde del pasado viernes en su ciudad natal, Las Tablas, en la provincia de Los Santos.
Durante la misa de cuerpo presente en la Iglesia Santa Librada, Justiniano Cedeño, quien fuese compañero de Castro por muchos años en la pelota nacional, señaló que “se fue un gran hombre, gran pelotero y compañero”.
“Son muchos los recuerdos que tenemos de Emilio, tanto en la pelota santeña como a nivel internacional con la selección de Panamá. Entre otros torneos compartí con Emilio varios mundiales, y siempre le preguntaba yo por su lanzamiento de ‘rabito de puerco’ que dominó a tantos bateadores”, agregó Justiniano Cedeño.
Otro de los expeloteros que formaron parte de esas novenas campeonas de Los Santos en la década del 1970, el campo corto Ricardo Regalado, manifestó muy consternado que fue amigo de Emilio Castro desde la infancia y que siempre se caracterizó por su disciplina.
“Fue un deportista completo, un buen amigo. Estuvo en todas las facetas prácticamente del deporte y más del béisbol, sus hazañas son inolvidables”, sentenció Regalado.
Por su parte Domingo Mingo Castillo, dirigente y gran conocedor de la pelota santeña, reveló que Castro fue el primero en conseguir el título nacional infantil para Los Santos como director en el año 1972, como parte de logros dejados por quien denominó “un ejemplo para la juventud”.
Luego de la misa de cuerpo presente, el funeral se dirigió hacia el estadio Olmedo Solé, donde se leyeron varias resoluciones y se hizo un recorrido con su ataúd por el cuadro interior del coloso tableño que lo vio brillar.
Posteriormente, sus restos fueron llevados al cementerio ubicado justamente detrás del estadio Olmedo Solé, donde seguirá siendo fiel testigo del desempeño del béisbol santeño y nacional.

