ENFOQUE

Culpables, ¿ quiénes?

OPINIÓN. Muchos dicen que los campesinos somos los culpables del fenómeno de El Niño y de todos los problemas climáticos que se presentan, porque lo único que hemos hecho es tumbar los árboles y hacer potreros. Tal vez, agregaría yo, porque era la única forma de subsistir que conocían nuestros abuelos y padres. Pero ese mismo sistema de producción fue el que obligó a las grandes migraciones de azuerenses hacia otras partes del país, que mal o bien le abrieron espacio dentro de nuestro territorio al resto de la población de marginados.

La migración de los azuerenses no solo se basó en la cultura de la rosa, sino en el principal legado que tenemos de nuestros antepasados. ¿Cuál es? El espíritu de lucha y el tremendo amor al trabajo. Acaso se nos olvidó quiénes eran los dueños de las abarroterías antes de que los chinos vinieran a realizar este negocio; esclavizado sí, pero muy lucrativo para todo aquel que quiera partirse la espalda 24 horas al día, 7 días a la semana.

Es así como la gente de Azuero está esparcida a lo largo y ancho del país, celebrando su 10 de noviembre, con sus tunas y tamboritos.

Me pregunto, si éramos tan perversos, ¿por qué no tuvimos derecho a las becas que el Estado daba a los hijos de los políticos de la época? Esos que estudiaron a sus hijos en las mejores universidades pagadas con la ignorancia de nuestros abuelos que le daban el voto y nuestra pobreza.

Hoy queremos producir utilizando las técnicas modernas, pero solo recibimos discriminación. Sí discriminación, porque ahora nos quieren negar el uso del agua. Nosotros sabemos que durante el verano no hay agua, porque es durante la estación lluviosa que podemos recogerla, que en este país el 84% del agua que corre por la superficie se va al mar y que menos del 1% se utiliza en la agricultura; asimismo, que en el planeta las aguas superficiales representan el 0.5%, 69.5% los glaciares y que el 30% del total son las aguas subterráneas.

No podemos continuar siendo las víctimas de las soluciones fáciles, por eso es el momento de exigir a nuestros gobernantes que hagan las grandes obras de embalses y riego, y busquen científicamente los embalses subterráneos para salvaguardarlos y explotarlos, pero sin peculados.

Asimismo, que nos permitan a los ganaderos y agricultores hacer las pequeñas cosechas de agua bajo la consigna que ni una gota de agua se vaya al mar. Desde este marco de política esperemos que el precio por el agua, del que ya están hablando, no sea un valor confiscatorio de nuestras propiedades y medios de vida.

El desarrollo del país en general y el progreso del campo en particular, así como la tan cacareada competitividad pasan, necesariamente, con una mejor educación y una política pública sobre el agua en donde el hombre y la mujer, tanto de las ciudades como del campo, sean el sujeto y el objeto central de esta.


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