El espejismo de ese crecimiento económico que no termina de traducirse en auténtico progreso también ha creado la falsa seguridad que Panamá puede endeudarse a la par de otros países desarrollados o industrializados. Craso error.
Por poco más de dos décadas, la contratación de deuda dejó de ser un vehículo para apoyar obras de infraestructura o iniciativas que combatieran la rampante desigualdad para convertirse en un instrumento promotor de desórdenes administrativos que van de la mano de un padrinazgo de planillas y gastos insólitos enmarcado en repugnantes actos de corrupción.
Abusamos de la deuda porque crecíamos sin prestarle atención a las brechas sociales, digitales, financieras, económicas que hoy se manifiestan burdamente pero que han estado allí por años. Nos aterriza aparatosamente una pandemia que desnuda las ineficiencias del sistema de recaudación fiscal convirtiendo a la deuda en un desfribilador para el paciente en cuidados intensivos. La deuda se justifica ante la crisis, excediendo cualquier planificación; planificación que casi nunca incluye cómo repagar los compromisos adquiridos.
Ejemplo del peor tipo de ciego, nos negamos a ver que incluso la contratación de deuda a bajos intereses condena al pobre, al más vulnerable a seguir siéndolo y en ese círculo doloroso empuja a un país entero a replantearse prioridades porque no alcanza para aulas decentes, ni para servicios de salud digna.
Lógicamente a mayor deuda, mayor el pago de los intereses. ¿Podemos parar la vorágine? Por ahora, no. Con cordura y disciplina, y decisiones con alto costo político quizás más adelante. ¿Alguien se atreve a proponer un cambio a la ley del Canal de Panamá para que un porcentaje de los aportes vaya a reducir capital de una deuda insostenible? Amanecerá y veremos.
El eventual impacto de no planificar, ni pensar diferente ciertamente limitará la capacidad de maniobra de éste y de futuros gobiernos. Solo de la mano de una política fiscal íntegra, trabajada con los intereses del país como único norte podremos ganar ahora una nueva batalla contra el endeudamiento que ya parece impagable.
El autor es economista


