Después de 6 mil fallecidos por una pandemia inédita y la destrucción de miles de empresas, me ahoga la ingenuidad de haber pensado que el mejor modelo de administración pública y económica para un Panamá más justo vendría de una propuesta sensata elaborada por alguna ideología partidista. Dicha propuesta sería acompañada por un plan de trabajo consensuado con expertos y liderada por un caudillo mesiánico que nos guiaría a la tierra prometida logrando en el proceso la creación de instituciones más fuertes, estables e independientes de la buena intención de la gente. La ingenuidad duele.
Ante la desgarradora realidad vivida con el modelo que no ha sabido o no ha querido ejecutar para liderar al país en otra dirección, la inocencia dio paso a algo de esperanza: debe ser que la sociedad civil, el yo, no ha hecho suficiente y llegó el momento de sacudirse el óxido de años de desinterés para que el involucramiento provoque soluciones. Quizás es muy temprano para juzgar, pero, movimientos ciudadanos que articulan protestas callejeras o que promueven la creación de nuevas soluciones políticas dentro de un sistema descompuesto tampoco parecen generar la tracción necesaria para inspirar cambios reales. La desesperanza duele más.
En la novela de Tom Clancy “La Suma de todos los miedos”, Jack Ryan salva al mundo de una hecatombe nuclear producto de una serie de impensables coincidencias que van contagiando un miedo que congela. El Panamá de hoy es el escenario para otra novela pero sin personajes inspiradores porque no somos ni si quiera capaces de identificar a los usurpadores de la inocencia de niños abusados en albergues; no podemos sentarnos a una mesa que resuelva la posible desaparición de la Caja de Seguro Social; nos cuesta hablar de cambios que la Constitución pide a gritos porque la apatía nos gana y resulta más cómodo dejar las cosas cómo están.
El Banco Mundial anunció el crecimiento económico proyectado para Panamá este año 2021 en 9.9%, segundo sólo tras Guyana en toda la región. El anuncio prendió los fuegos artificiales de la celebración llana que desconoce la realidad de ser un país que ha crecido pero que no registra progreso social. Enfocarnos en este tipo de mediciones seguramente evitará que el agua llegue a Panamá Oeste, seguirá promoviendo la acumulación de basura en los pueblos del interior y permitirá que alcaldes y representantes sigan recibiendo jugosas remuneraciones por no trabajar.
La apatía crea el espacio perfecto para discursos populistas que atentan contra el sistema financiero mientras los sectores productivos no deben descartar que se les exija algo a cambio de tranquilidad social como, por ejemplo, más impuestos o más aportes al sistema de seguridad social.
Ahora, en un país moral y financieramente enfermo, encaramos un momento donde permitir que la desesperanza nos domine no es una opción ya que dejar que el desinterés en lo cotidiano se convierta en la norma es como morir lentamente. La suma de todas las crisis no es una novela, es real y es panameña. Si nos atrevemos a apagar la apatía tendremos espacio para escribir juntos otra historia; una que dé lugar a un país más justo.
El autor es financista.

