Rodrigo Mejía-Andión
OPINIÓN
En artículo anterior les recordé que en Punta Paitilla tenemos una playa pequeñita que, gracias a la planta de tratamiento establecida hace buenos años, ya se encuentra bastante limpia. Variadas personas me han preguntado por ella, interesadas en conocer su ubicación, porque solo ven un parque y si acaso un fondo de mar. Quiero contarles cómo era su entorno, los cambios sufridos y cómo encontrar lo que queda de ella, después de que dos conocidos políticos de la misma línea la afectaran para mal.
En la década de los cincuenta, la tierra de Punta Paitilla era un bosque rocoso, vestigio de la segunda guerra mundial, ya que en ella aún permanecían partes de un par de baterías de enormes cañones que giraban en una imponente cremallera de forma circular, para permitir el movimiento necesario para repeler el ataque de los barcos y submarinos japoneses que el avance de la segunda guerra mundial nos obligaba a esperar.
Un compañero de estudios me indicó que dentro de esa maraña podría encontrar una preciosa playita dentro de la densa arboleda que veíamos desde la avenida Balboa, que solo hasta Paitilla llegaba. Fue un afortunado encuentro con la playa donde pronto pude aprovechar sus aguas en compañía de amigos. La época de la Universidad me hizo olvidar mis visitas a la playa, hasta que avanzadas las obras de construcción de la urbanización Punta Paitilla fui a buscarla, interesado en su conservación. Allí estaba al lado del terreno dejado para parque. Supe que algunas personas se bañaban en ellas, especialmente gente de las construcciones. La infraestructura del barrio quedó terminada por los años 64 y pronto se iniciaron las construcciones de las primeras atractivas dúplex, diseñadas por el arquitecto Marcelo Narbona, cuya terminación coincidió con el golpe de estado de los policías, que después fueron cambiando a militares, bajo el nombre de Fuerzas de Defensa.
En esos primeros tiempos de los militares, el alcalde de la ciudad tenía un yate. Como los propietarios de las más ostentosas lanchas y yates decidieron construir un Club de Yates en la avenida Balboa, club que según aseguraban, también servía para reuniones de los opositores políticos al régimen militar. Para facilitar la llevada de su embarcación al mar, decidió entonces hacer un desembarcadero, anunciando que ahora sí, los pescadores y los no ricos, pero aficionados al mar podrían llevar sus lanchas y yates para hacerse a la mar, sin ser socios del exclusivo club.
Así fue como nuestro recursivo alcalde construyó no solamente una amplia rampa, sino un costoso rompeolas que protegiera a las naves, de las caprichosas olas. De la atractiva playa se le mermó, no solamente el espacio de la amplia rampa, sino todo el espacio que ocupó el rompeolas. A pesar de vivir casi al frente de tales instalaciones, no recuerdo haber visto otra nave en funciones fuera de la del alcalde, que justificara la costosa inversión.
Con el paso del tiempo y la eliminación del ejército para volver a ser policía nacional, gracias a las valiosas gestiones y luchas del Dr. Ricardo Arias Calderón, como Vicepresidente de la República, y ya en el segundo gobierno democrático, en hábil jugada política entre el presidente de la República y su ministro de Vivienda lograron cercenarle 3 mil 200 metros cuadrados al parque para venderlo al Club Unión, lo que alejó y complicó el acceso al mar. Hoy hay que buscar el paso después del parque, detrás del Club Unión. El exclusivo espacio ofrece encantos suficientes para quienes nos gusta madrugar, ver la salida del sol y aspirar aire fresco. En días recientes muchachos universitarios comentaban que revisando la playita encontraron que ya se está recuperando, porque encontraron caballitos de mar, otros animalitos marinos, algas y el inicio de una barrera de coral.
Igualmente, este mismo mes, hemos visto a dos intrépidas damas introduciendo sus piernas por buen rato en las ya claras aguas. ¿Por qué será que ahora ellas andan adelante de nosotros? Esta vez, como invitándonos a meternos también al agua.
Este hermoso rincón marino posee unas especiales posibilidades para producir una verdadera integración con el parque, para disfrute de los habitantes del barrio. Ya el arquitecto Boris Aguilar, uno de los diseñadores de la cinta costera, había destacado la posibilidad de rescatar el rompeolas para crear un atractivo espacio con cómodas bancas para reuniones familiares o de amigos. Esta posibilidad la recuerdo a mis colegas del Municipio capitalino.

