Reynaldo Herrera levantó con gran ánimo a su primo Moisés Henríquez una mañana del verano de 1964, con el fin de que conociera el Hipódromo Presidente Remón.
Esa mañana marcó el inicio de una carrera interminable para quien hoy es uno de los más reconocidos entrenadores hípicos del área caribeña.
Comenzó como "secretario", último eslabón en la cadena de mando en los establos; luego de mucho aprendizaje y por cosas del destino heredó la labor de entrenador, desde donde ha logrado la corona de flores para sus ejemplares en no menos de diez ocasiones.
"Él siempre me llevaba, porque en ese tiempo los guardias no dejaban entrar a los menores al hipódromo", recuerda Moisés mientras asoma un brillo nostálgico en su mirada. Para él esos fueron buenos momentos. Su primera custodia la hizo al ejemplar Papi, que entrenaba Julio Papaya Torres.
Como "secretario", Moisés asistía al groom, o mozo de establo en el cuidado del animal. Le correspondía hacer la cama del caballo, ponerle el agua, cortar la hierba y arreglarle la comida. Fueron esos años de aprendizaje los que le permitieron subir un escalón.
En 1972, la oportunidad toca el establo de Moisés Henríquez. Wendell Campbell, quien junto con Henry Takeaway White y James Silvera formaban la élite de los entrenadores de ascendencia antillana, lo reclutan. Moisés admite que todos fueron grandes maestros y que aprendió muchas cosas que hoy nadie conoce. "Ellos tenían un librito que solo se podía entender estando con ellos", relata.
Y así como tuvo la suerte de que Reynaldo Herrera lo llevara al hipódromo, Moisés se encontró en su camino a Eric H. Gittens, por esos años un joven entrenador que se abría paso con firmeza entre los mejores del patio. La amistad con Gittens fue sellada con trabajo, que este entrenador reconoce como "la mejor escuela", porque había confianza entre ellos; si algo salía mal se buscaba el remedio, y cuando las cosas marchaban bien, todos estaban bien. Para Moisés esto fue una filosofía de trabajo que nunca falló: la fórmula perfecta.

