Bogotá Norte

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Óscar Collazos: la última vez que lo vi, en el Teatro Heredia de Cartagena de Indias, en pleno Hay Festival, ya estaba gravemente marcado por la enfermedad que hace días se lo llevó del aire.

Lo conocí en la Barcelona de 1970, con el boom estallando en cada esquina del universo editorial. El hombre se metió en discusiones con Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar.

El hombre escribía todo el tiempo y daba la lata en interminables tertulias donde siempre pretendía llevar la razón.

Después, lo perdí de vista durante muchos años, aunque seguí leyéndolo, hasta que en los últimos tiempos, así es la vida, nos hicimos amigos y en Cartagena de Indias, Valencia (Venezuela) o Bogotá bebíamos tragos de un ron que él me descubrió: el colombiano Tres Esquinas.

Siempre en torno a la literatura y la política, nuestras conversaciones se hicieron cicatrices en la memoria, y para mí, finalmente, encontrarme con un hombre como Collazos, que a fuerza de disciplina se había convertido en un hombre libre, era un verdadero privilegio.

Un ELA galopante acabó con su vitalidad asombrosa y ya no podremos escuchar de su voz historias y asuntos que terminaban en grandes carcajadas de celebración. Era un caribe redomado y divertido. Una vez me metí con una amiga suya en una de nuestras conversaciones.

“No sigas por ahí, es muy amiga mía”, me advirtió. “Eso te honra”, le dije, “defender a los amigos, aunque algunos no sean defendibles”.

En una de esas reuniones, una noche nos llevó a un grupo de escritores a un antro que estaba en Bogotá Norte. En un rincón del alma de aquel lugar había amistad, camaradería y lealtad.

Estábamos el puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, vestido de blanco impoluto de los pies a la cabeza; el argentino Ricardo Piglia, que nos dio esa noche una lección de sus profundos conocimientos sobre el tango; Rafael Humberto Moreno Durán, colombiano de pura cepa a quien nosotros llamábamos amistosamente R-H positivo (por su gran optimismo vital, verbal e intelectual); algunas mujeres muy guapas que esperaban a escritores mexicanos que no llegaron nunca; el mismo Collazos, acompañado por Eligio Yiyo García Márquez y yo mismo.

Una fiesta de trago y estilo, de ingenio, verbosidad y recuerdos. En la madrugada, cuando la fiesta parecía comenzar a decaer, apareció en la sala -más bien saloncito- la famosa Totó La Momposina: venía a bailar e incluso cantar para nosotros.

Óscar Collazos se había permitido el lujo de invitarla para que la conociéramos y fuera también para nosotros un privilegio poder verla cantar y, sobre todo bailar. La Momposina hizo maravillas, para mí inolvidables, y ahora, a la muerte de mi amigo Collazos, lo recuerdo todo.

Estamos en una edad ya muy lejana de aquella de la noche de Bogotá Norte. Estamos al borde de un abismo en el que vamos a ir cayendo todos, uno a uno, y sin que nos demos cuenta de que el tiempo ha pasado para nosotros y que lo que estamos viviendo ya es un recuerdo lejano de lo que fuimos.

Quienes amamos la vida hasta la desesperación, que ese es mi caso flagrante, vemos cómo se nos van nuestros amigos en esta temporada nada angelical que estamos viviendo.

Óscar Collazos era de esos amigos necesarios con los que no había por qué estar de acuerdo siempre y tampoco estarlo viendo todo el tiempo. Nos encontrábamos por ahí: un día fui a desayunar al comedor del hotel de Valencia, Venezuela, en el que estábamos hospedados, yo sin saber que él estaba allí, él sin saber que yo estaba allí. El desayuno, cuando nos encontramos, fue una fiesta.

Después, a la salida de Valencia, en vuelo a Cartagena, los “bolivarianos” lo retuvieron, lo bajaron del avión, lo encerraron durante cuatro horas en dependencias policiales y le advirtieron de que no les gustaba su libertad de palabra. A mí no me retuvieron cuatro horas en Maiquetía, pero me hicieron el chantaje de pagar 50 euros (unos 55 dólares) por arreglar unos papelitos que, decían, no estaban en regla.

¡Cosas de la revolución! Revolución desastrosa que está llevando a Venezuela al infierno del que veremos a ver cómo y cuándo sale.

En el Teatro Heredia, en Cartagena de Indias, Collazos estaba sentado (ya no se mantenía en pie), como ido de la cabeza.

No hablaba, pero aún reconocía. Sonrió cuando nos acercamos a saludarlo Alonso Cueto y yo. Le hice una señal: que lo invitaba tomarnos un Tres Esquinas en cuanto terminara la charla de Le Clezio con Juan Gabriel Vásquez que nos había llevado allí.

Melancólicamente se encogió de hombros, con la memoria de quien lo recuerda todo, pero ya no puede repetir la jugada con la misma vitalidad que hace unos años. El otro día leí su esquela y me quedé helado. Otro amigo más que se fue. En paz descanse. Brindo por él con un trago de ron Tres Esquinas. Yo todavía puedo.


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