En el Panamá de los tiempos de la Gran Colombia, el Carnaval era cosa del pueblo, patrimonio de la clase popular.
Todo empezaba cada 20 de enero, Día de San Sebastián, con la izada de la bandera y la formación de partidos o grupos alusivos al ataque pirata liderado por Henry Morgan, al asalto de los demonios a los pecadores o la sublevación de los esclavos cimarrones.
Si alguien caminaba solitario por las calles contiguas a las bases de los partidos, se capturaba como “prisionero” y debía pagar por su libertad entre 100, 50 o 10 millones de pesos colombianos de entonces.
Para los partidos, un centésimo equivalía a 1 millón de pesos, por tanto, un simple peso era suficiente para cubrir un rescate de “100 millones de pesos”.
Al final, los partidos reunían el dinero para los bailes, comida, disfraces y sobre todo alcohol durante el Carnaval.
El día cumbre de la celebración llegaba el Martes de Carnaval.
En la mañana de ese día había juegos de baños de agua y harina para personas que preferiblemente eran tomadas por sorpresa. El agua podía estar clara o teñida de añil.
Empapados y enfurecidos, muchos de los mojados “echaban pestes” o contraatacaban con más agua. Otras veces el asunto terminaba en golpes y trifulcas. También se lanzaban huevos de Pascua llenos con agua perfumada.
Mientras que en las noches era el turno de la exhibición de tunas y comparsas, con mujeres vestidas de pollera y hombres con atuendos variados, que al ritmo del sonido de piedras y palos cantaban y recorrían las calles de la ciudad con el entusiasmo “alimentado con alcohol”.
Es como se acostumbraba celebrar el Carnaval panameño antes de la llegada de la vida republicana, según registran artículos y crónicas de viejos diarios y revistas como Lotería y Momo.
Más adelante se instaurarían las juntas organizadoras, los desfiles y las reinas.

