Los caprichos de Goya son célebres, pero los de Salvador Dalí son prácticamente desconocidos, y ambos dialogan en el Instituto Cervantes de Nueva York, un puente que une y separa a dos de los pintores españoles más geniales de la historia.
“El sueño de la razón produce monstruos”, decía Francisco de Goya en uno de sus más célebres grabados. Y Dalí, amante y retratista de lo onírico, no pudo más que rendirse a la vanguardia que escondía el título de ese capricho creado a finales del siglo XVIII, mucho antes del manifiesto surrealista de André Breton en los años 1920.
Entre 1973 y 1977, Dalí pintó sobre la obra de Goya sus propias pinceladas a veces obscenas, a veces irónicas, pero siempre surrealistas, piezas que pasaron desapercibidas en la fase más prolífica, pero también más devaluada de su carrera.
Les dio color, les introdujo mucha sexualidad y fantasía y hasta les cambió los pies de página. Asta su abuelo se convirtió en El capitán Nemo. O respondió a ¿Quién más rendido? con un Al que sodomizan.
Hubo uno que dejó igual, apenas le introdujo un poco de color: era el citado El sueño de la razón produce monstruos. Ese bien podría haber sido suyo, igual que representa el tormento que azoraba a un Goya acusado de “afrancesado” por sus compatriotas y que empezaba a quedarse sordo.
Las obras de uno y otro pintor, provenientes de la Fundación Museo de Artes, en Galicia, se exponen en Manhattan en diálogo (arriba los originales de Goya y abajo las reinterpretaciones de Dalí) y estarán visibles hasta el 4 de abril.

