México en el recuerdo

México en el recuerdo
México en el recuerdo

Siempre que vengo a México (en esta nueva ocasión, a la FIL de Guadalajara), recuerdo mis años de juventud impertinente y los siete viajes que hice al gran país hermano en un solo año: desde febrero del 82 a marzo del 83. Un grupo de escritores españoles, capitaneados por el mítico editor y gran amigo Carlos Barral, también excelente poeta, nos pusimos de moda en México gracias a la actualidad democrática española.

Se acabó el temor a un golpe de Estado y llegó una nueva generación, al frente de la cual, uno de los nuestros, cabalgaba como caballo ganador: Felipe González, que se convertiría en ícono mayor de esa misma generación a la que pertenezco.

Lo conocía del tiempo de la clandestinidad, cuando venía a Canarias y yo iba a Madrid y nos reuníamos para tomar, cada uno en su especie, los palacios de invierno.

Aquellos escritores éramos invitados por el entonces regente de México, un tal Hank González, que acabó mal y creo que, durante un tiempo, encarcelado por asuntos de dinero. Cualquier pretexto era bueno para invitarnos: un congreso de escritores en la UNAM, otro en el Palacio de Minería, un programa de televisión para hablar de España y la nueva democracia. Cualquier cosa servía para el viaje que nos hermanaba con México, y nos hacía caminar como locos por una geografía tan legendaria para los españoles. Un día buscamos la tumba de Luis Cernuda en tres o cuatro de los grandes cementerios del Distrito Federal. Jamás la encontramos por nuestros propios pasos.

El poeta Ángel González inventó una de sus cuartetas más sonadas a costa de este episodio de los cementerios mexicanos: "El poeta Luis Cernuda/tiene buena información,/cuando llega Pepe Esteban/se cambia de panteón". Luego sería Pepe Esteban, quien ayudado por García Márquez, haría unas pesquisas con el entonces presidente López Portillo y la tumba del poeta Cernuda aparecería sin problemas.

Otro día, en La Paz, Baja California Sur, recorrimos un desierto inmenso temiendo que se nos acabara la gasolina del coche que corría por aquel arenal mágico hacia ningún lugar. Estábamos buscando, en medio de la nada, algún lugar inexistente donde nos dieran una cerveza bien fresca.

El calor era terrible. De pronto, a lo lejos, y después de tanto tiempo buscando un paraíso terrenal, apareció en la lejanía, en una medianía muy lejana pero visible, un edificio que más bien era un fantasma que nos engañaba la visión. Pero, en fin, allí dirigimos nuestro pasos desde dentro del coche que amenazaba con dejarnos tirados por falta de combustible. Nos llevó algo más de media hora por caminos perdidos llegar cerca del lugar del que no quitábamos los ojos desde hacía tiempo.

La sed subía enteros en la bolsa personal de cada uno de nosotros, que nos hacíamos la ilusión de echarnos a la garganta una cerveza enorme e interminable. Nada de eso. Cuando pudimos llegar al lugar deseado, vimos que estaba vacío, que era una especia de espejismo, aunque el edificio existía en medio de una soledad interminable. Lo más mágico de todo: se llamaba “Bar Restaurante La Imaginación”. Parece mentira, pero fue verdad.

México, pues. Ahora estoy en la Feria Internacional del Libro (FIL) de la ciudad de Guadalajara. Vengo, desde hace un tiempo, todos los años a una celebración que significa mucho para la literatura y los libros en español. Por aquí, por la FIL, se pasan todos los años 600 escritores, entre invitados y autoinvitados, y está presente siempre toda la actual literatura mexicana. Hace un par de años, el país invitado de la FIL fue Chile. Para mi sorpresa, un día, en el lobby del Hilton descubrí al legendario cantante de boleros Lucho Gatica, a quien yo había conocido y oído cantar en el Tánger Club de mi tierra natal, Las Palmas de Gran Canaria, cuando yo tenía 16 años apenas.

Gatica entonces tendría menos de 50 y ahora, cuando lo conocí en el lobby del Hilton, estaba entrado en los 90, pero con muchas ganas de hablar y de vivir. Desayunamos un par de veces, cantamos a dúo El reloj, yo le conté cuentos y él me relató leyendas. Como la del día, cuando vivía en México, que invitó a Pablo Neruda a su casa para que le firmara sus libros. Esa noche, para colmo y paradoja, unos ladrones entraron en su casa, le robaron todo y encima se llevaron los libros de Neruda. Al día siguiente a la visita a su casa, el poeta le envió al cantante algunos de los títulos que le habían robado con su rúbrica y dedicatoria.

En mis memorias hay muchos cuentos sobre México, que ocupa en mi vida un espacio inolvidable. Un lugar, la memoria, que, a pesar de los años y el viejazo que a veces se viene encima, conservo limpia y llena de recuerdos y vacía de olvidos. Como una verdadera biblioteca, que es lo que realmente entiendo yo que es la memoria.


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