Criaturas de cemento, bloques y vidrio pueblan las inmensas calles y las populosas avenidas de Nueva York.
Son gigantes unos y otros más bien modestos en sus alturas. Unos son antiguos y queridos, y otros son nuevos y polémicos porque desfiguran el entramado urbanístico de una de las clásicas capitales de Estados Unidos.
Mientras que hay edificios anchos y pequeños, los hay también largos y esbeltos. Porque Nueva York, a toda costa, tiene un brutal esmero por ser una moderna Babel.
Unos fueron hechos para oficinas y otros para residenciales, pero todos se elevan con la intención de estar más cerca de la Luna.
Contemplar el cielo en la Gran Manzana es también ver cómo sus emblemáticos inmuebles son como unos gobernantes, quietos y silenciosos, que desean dominar el horizonte, y así cortar en dos el paso del viento y los rayos del sol.
Estos edificios son los vigilantes del tiempo en esta metrópolis, que la leyenda cuenta que nunca cierra sus ojos, aunque sí, hay momentos en que hasta ella sucumbe al sueño.
Hay urbes que están bajo el influjo desquiciado de la ambición y eso se evidencia por su afán de conquistar los cielos.
Por eso, se construyen edificios casi infinitos en Hong Kong, Shanghái, Tokio, Seúl, Nueva York, Toronto, Singapur, Moscú, Sao Paulo, Moscú, Buenos Aires...
Entre todos, el mandamás indiscutible es Hong Kong, con unos 7 mil 683 rascacielos.
Mientras que en esta parte americana del mundo, nadie le gana a la Gran Manzana con unos 5 mil 869 edificios enormes. No por menos también le llaman la ciudad de los rascacielos (inmuebles que deben medir un mínimo de 150 metros).
Entre los soberanos están el One World Trade Center (541 metros, 102 pisos, 2014), el Empire State Building (381 metros, 102 pisos, 1931) y el Bank of America Tower (366 metros, 55 pisos, 2009).
Así es Nueva York, le gusta ofrecer un paisaje al servicio de la tecnología, la arquitectura, el diseño, y por qué no admitirlo, del lujo, el confort y la vanidad.














