El asalto despiadado contra Charlie Hebdo pasó hace ya algunas semanas, pero nunca se llega tarde a esta clase de acontecimientos. Se trata de un ataque a la libertad de expresión y a la libertad de reírse, perpetrado desde las oscuras cavernas de la ignorancia fundamentalista que se profesa como religión, porque la ignorancia también llega a ser una profesión de fe.
Vivimos en un mundo donde cada día vemos amenazada la libertad de palabra. Periodistas decapitados por denunciar a los traficantes de drogas, y perseguidos y encarcelados por exponer los actos de corrupción gubernamental; diarios y revistas que se cierran por temor ante la represión, o por amenazas, o porque los gobiernos les quitan o restringen el acceso al papel de imprenta.
Pero comenzamos a escuchar voces que nos preguntan si los redactores y caricaturistas de Charlie Hebdo no debieron ser más moderados. Nos dicen que si se hubiesen abstenido de burlarse de Mahoma, porque todas las religiones merecen respeto, esa tragedia se habría evitado. O sea, que estaba en manos de las propias víctimas quitarse del riesgo de ser asesinadas, con solo hacer uso del buen juicio. ¿Por qué caer en actos de provocación, si uno sabe que en eso le va la vida?
Entonces, ¿por qué un periodista de esos que son asesinados en Honduras o en México, no lo piensa antes de exponerse, con sus pertinaces denuncias, a la ira de los narcotraficantes o de los pandilleros? ¿Por qué mejor no se quedan callados quienes hacen revelaciones peligrosas para que no les pongan una bomba?
Si se trata de una fiera que ya sabemos que es peligrosa y no entiende ni de chistes ni de bromas, ¿la sensatez no nos indica que no debemos provocarla ni reírnos en sus narices? Estos razonamientos son parecidos a los que se usan para eximir de culpa a los agresores sexuales. ¿No harían mejor las mujeres en vestirse de manera recatada, en lugar de usar minifaldas atrevidas? Son ellas las que los incitan al pecado, y después no deberían quejarse si las violan.
Si esta lógica de la cobardía prosperara, estaríamos aceptando que la libertad de expresión debe ser cedida por partes, y luego, cuando abriéramos los ojos, nos daríamos cuenta de que la hemos cedido completa a quienes la adversan: los fanáticos que solo saben leer en las páginas en blanco del libro de la ignorancia. Los capos del narcotráfico. Los que tienen proyectos de redención para sus pueblos, a quienes la palabra libre estorba.
Y habríamos cedido también el derecho de reírnos de las ideas fijas y solemnes, de los personajes pomposos, de las ridiculeces y de las iniquidades del poder, de los políticos corruptos, de los oropeles y fastos con que se visten los reyes del narcotráfico. Permitiríamos ser expulsados del mundo de la risa, que es por naturaleza irreverente.
No hay risas reglamentadas. Y como la risa es un don creativo, también los administradores de nuestra libertad nos exigirían entregar el resto de nuestras potestades creativas. Escribir solo aquellas novelas que no ofendan al Dios autoritario que los extremistas tienen en sus cabezas.
Un escritor argelino, Kamel Daoud, se está viendo en esas ahora mismo, después de la publicación de su novela Meursault, Contra-investigación, candidata en Francia al premio Goncourt. Un clérigo salafista del grupo Frente Despertar Islámico, nada versado en literatura, llamó a la ejecución del novelista “por la guerra que está instigando contra Dios y el profeta”.
Ahora Daoud se halla bajo amenaza de muerte, aunque la solución, para su tranquilidad, hubiera sido presentar primero su libro a la censura de un imán que apenas sabe leer, a fin de que suprimiera lo que no fuera de su gusto. Y los caricaturistas de Charlie Hebdo estarían vivos si hubieran hecho lo mismo, someter sus dibujos a los dueños de la sanidad religiosa, que no entienden de bromas ni de risas.
Así viviríamos todos felices, serios y callados, contemplando en la pared de nuestras celdas mentales el rótulo: “PROHIBIDO HABLAR, PROHIBIDO REÍRSE”.

