Con la Guerra Fría dominando el escenario mundial, a partir de 1947, Estados Unidos (EU) buscó retener algunos de los sitios de defensa controlados durante la guerra, ellos la base de Río Hato. Sin embargo, a lo interno del país un movimiento nacionalista más maduro y mejor organizado se enfrentó a estas demandas pese a ser acusado de hacerle el “juego a los enemigos de la democracia”.
Entretanto, la oligarquía sopesaba la escena con cuidado. Si bien por una parte era partidaria de renegociar la permanencia de las bases militares, por la otra se mostraba cauta frente a las crecientes demandas nacionalistas, máxime cuando la memoria colectiva mantenía aún frescos los amargos recuerdos de los movimientos inquilinarios de 1925 y 1932, así como el rechazo del tratado Kellogg-Alfaro de 1926, cuando las movilizaciones populares habían estremecido a la sociedad.
Para algunos de los miembros de la oligarquía, la recuperación de la soberanía nacional en la Zona del Canal comenzaba a tener un nuevo significado que aparecía vinculado a la posibilidad de comercio irrestricto, sin ningún tipo de cortapisas, dentro del enclave canalero, propuesta que, finalmente, se convertiría en la agenda oculta de la oligarquía nacional, el 9 de enero de 1964.
Cuando en diciembre de 1947, después de una fuerte presión popular, el convenio Filós-Hines fue oficialmente rechazado por la Asamblea Nacional, se hizo evidente el resentimiento acumulado a lo largo de medio siglo y exacerbado durante los años de la guerra por el “odio” y el “desprecio” que los zonians sentían por los panameños, así como las diferencias salariales siempre desventajosas para los nacionales; las “discriminaciones por motivo de raza o de nacionalidad” habían creado en el “corazón de los panameños” un “fruto amargo”, recordaba Ricardo J. Alfaro.
Un lustro más tarde, el inesperado magnicidio del presidente Remón el 2 de enero de 1955, en vísperas de la firma de una nueva enmienda al tratado del Canal, dio paso a un nuevo escenario, cuando las fuerzas nacionalistas liberadas del yugo remonista reactivaron sus luchas. Así, en el ocaso de los años cincuenta, los grupos estudiantiles azuzados por los medios de comunicación de la oligarquía fueron los agentes más activos del nacionalismo. Para entonces, importantes sectores económicos comenzaron cautelosamente a acercar sus posiciones a la de los sectores populares, vislumbrando que el ejercicio de la soberanía en el enclave canalero representaba la apertura de una ilimitada plataforma comercial. Esta agenda secreta de la oligarquía se consolidó después del asesinato de Remón y, en algún momento, a lo largo del proceso, llegó a confundirse con el “nacionalismo desinteresado” blandido por los estudiantes y otros grupos. Todo parece indicar que el movimientos estudiantil, de alguna manera, fue utilizado inconscientemente por los poderosos grupos económicos. En 1953, El Panamá América, vocero de estos sectores, denunciaba: Panamá“recibe una renta exigua. No le ha sido dable aprovecharse del abastecimiento de los barcos ... No ha podido ... convertirse en centro de reexportación y distribución”, y ni siquiera se le permitía aprovechar el “mercado de la Zona del Canal, con su poder adquisitivo” y aún peor la Zona “arroja sobre Panamá un comercio vedado y subrepticio”.
En esta “zona de contacto” que dio origen al despliegue de un amplio abanico de contradicciones, el sentimiento “antiyanqui” continuaba siendo la savia que nutría el nacionalismo del cincuentenario. La virtud más noble a los ojos de los panameños era el “patriotismo entendido como una actitud antiyanqui”. Medio siglo más tarde, Guillermo Sánchez Barbón reconoció que “el nacionalismo panameño siempre fue ... negativo” y “endeble” porque se nutría del “odio” y “se afirmaba frente a otra nación que estuviera oprimiendo a la nuestra”, pese a lo cual reconoció que su carácter “defensivo” sirvió para “conservar nuestra identidad”. El 2 de mayo de 1958, un grupo de estudiantes ingresó en la Zona del Canal para plantar banderas panameñas en la llamada Operación Soberanía, lo que de inmediato desencadenó una serie de denuncias por parte de las autoridades zonians, que responsabilizaron del movimiento a las “influencias comunistoides”.
En Panamá, muchos aplaudieron el brote de nacionalismo “justo, moral” que para nada amenazaba “la seguridad de la vía” ni representaba un “reto hacia Estados Unidos”. Es evidente que, en lo sucesivo, los gobiernos oligárquicos usaron el nacionalismo como bandera política, porque izar el pabellón nacional en la Zona, se convirtió en una política de Estado “sin distingo de clases”.
En 1959, un grupo de diputados celebró el 3 de noviembre encabezando una nueva marcha hacia la Zona del Canal, que se conoció como Operación siembra de banderas. Estados Unidos respondió a las demandas panameñas levantando una “alambrada inamistosa”, “una cortina de incomprensión” a lo largo de la avenida 4 de Julio, hoy de los Mártires, que separaba a la Zona del Canal de la ciudad de Panamá.
Después de los enfrentamientos del 9 de enero de 1964 y días subsiguientes, se consolidó la imagen de un Panamá víctima de la mayor potencia del mundo, que se veía obligada a romper las “cadenas que la subyugaban”. Entretanto, el doble discurso de Estados Unidos quedó expuesto a la luz pública, pues mientras apoyaba la empresa descolonizadora en África, le otorgaba la independencia a Filipinas en 1946 y luchaba en el sudeste asiático por la libertad de los pueblos oprimidos, en Panamá actuaba como una potencia colonial. Tres años más tarde, la firma de los tratados Tres en Uno o Robles-Johnson desveló la verdadera agenda de la oligarquía cuando, a cambio del actual Canal que pasaría a manos panameñas en 1999, le otorgó a Estados Unidos la posibilidad de construir un canal a nivel del mar por Darién. No obstante, su rechazo puso de manifiesto que la empresa nacionalista no tenía marcha atrás. Lo cierto es que el rechazo también tenía otra lectura que pocos en su momento pudieron hacer y que preparaba el siguiente escenario nacional. Se trataba del repudio al modelo oligárquico de gobierno, agotado en medio de denuncias de corrupción, destituciones y restituciones presidenciales y marchas populares apoyadas por la Iglesia católica. Con un panorama tan enrarecido a lo interno, y un Estados Unidos cada vez más comprometido en la guerra de Vietnam, las condiciones estaban dadas para el cambio político en Panamá. De hecho, el mundo entero estaba cambiando aceleradamente, como se comprendió en mayo de 1968 en París.






