RAíCES

RAÍCES: Crisis de identidad en vísperas del 9 de enero

RAÍCES: Crisis de identidad en vísperas del 9 de enero
1943. Ingenieros estadounidenses trabajan en la construcción de una pista de aterrizaje en Jaqué, Darién. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Ejército de EU estableció docenas de estacione

“Es absolutamente necesario que yo sepa quién soy” (Joaquín Beleño, Luna verde). En 1953 Panamá cumplió 50 años como república, en medio de una profunda crisis económica y de una no menos importante crisis de identidad. Los años de la guerra, que fueron testigos de la ocupación militar estadounidense de buena parte del territorio nacional y del despliegue de las redes de espionaje que operaban en nuestro país convertido en centro logístico de operaciones militares, impactaron en dos direcciones inversas.

Por una parte, aceleraron el proceso de norteamericanización de un sector de la sociedad, en tanto que, por la otra, fueron el disparador de las demandas nacionalistas de los grupos antiimperialistas. En medio de este escenario, definir “la psicología del hombre panameño” como elemento esencial para el replanteamiento de la identidad, se convirtió en un asunto de primer orden para la intelectualidad del cincuentenario.

Isaías García –“el profeta místico de la nación panameña”–, Diego Domínguez Caballero, Octavio Méndez Pereira, José Isaac Fábrega, Roque Javier Laurenza, Diógenes De la Rosa, Rodrigo Miró, Carlos Manuel Gasteazoro y Ricaurte Soler, entre otros, intentaron definir el carácter nacional y desentrañar los entretelones de la huidiza identidad. Similares movimientos de introspección sacudieron, por esta misma época, a toda la intelectualidad de América Latina y se manifestaron como renovadas expresiones de nacionalismo con lineamientos claramente reivindicativos y antiimperialistas.

En 1946, Octavio Méndez Pereira en su clásico ensayo Panamá país y nación de tránsito definió la “psicología de pueblo de tránsito” como “ligera, despreocupada, sin sentido de tradiciones, de constancia, ni aun de nacionalismo bien entendido, pues el que a veces ha apuntado ha sido de imitaciones, de fobias”. Esta naturaleza superficial, sin aparente arraigo identitario, se complementaba con una “mentalidad abierta a todos los vientos y a todas las ideas, una inteligencia precoz y despierta, un espíritu liberal lleno de comprensión y tolerancia”“también de altruismo que se concentra en el lema de su escudo: ‘Pro mundi beneficio”. En su opinión, solo a través de la educación los panameños lograrían consolidar su propia identidad amenazada.

La cultura “es asunto de preocupación constante ... hoy en peligro de desintegrarse”, escribía la socióloga Georgina Jiménez de López en 1949, al tiempo que observaba con cierto alivio las campañas emprendidas por el Gobierno para la conservación del idioma, la realización de concursos literarios, el establecimiento de una semana folclórica y la fundación de una Sociedad Amigos del Folclore Panameño.

Por su parte, Diego Domínguez Caballero abordaba, en una serie de artículos aparecidos en la Revista Época, la “reflexión filosófica sobre lo panameño”. Su razón y sentido de “lo panameño” daban cuenta de la urgencia de conocerse y aceptarse, con “todos nuestros defectos”, “inconsistencia”, “inferioridad” y “miseria”. La reflexión sobre “la esencia del ser panameño” llenó centenares de páginas en ocasión de la conmemoración del cincuentenario de la República en 1953, en lo que pareció ser “el despertar de la conciencia del panameño” y la “ansiedad creciente”“por conocerse a sí mismo”.

El punto focal de la discusión giró en torno al “drama cultural”“que nos mantiene atentos a lo que nos viene de fuera, desconfiando siempre de nuestras propias potencias creadoras” y a la necesidad de rechazar la “cultura barata importada de Estados Unidos de Norteamérica” a través de la Zona del Canal, que era uno de los mayores obstáculos para el “surgimiento y consolidación de una cultura propia”. Para Eudoro Silvera este era el origen del “sepelio” de la “panameñidad”. La generación del cincuentenario coincidía en satanizar el Canal al que presentaba como “un problema lacerante” en relación a “la soberanía y la cultura que son inseparables”, porque había dado paso al desarrollo de una “mentalidad canalera” que imponía una cultura desnacionalizada. El Canal era, en opinión de Ramón H. Jurado, una fuerza “apabullante y deprimente de la nacionalidad”.

En 1956, en una sugerente conferencia pronunciada en la Universidad: “¿Es Panamá una nación?” José Isaac Fábrega observó que Panamá era una “nación de retazos”. Por ello, la fórmula para “hacer nación a quienes no son nación” echaba mano de la “justicia social”, a fin de incluir a los desplazados en el cuerpo nacional, para que “reciban en su nación y a través de su nación, una cuota sustantiva de paz y de bienestar, y de cultura repartida con justicia”.

Roque Javier Laurenza no compartía estos puntos de vista, aunque pensaba que la nación necesitaba ser reflexionada. Veinte años antes, en 1933, se había mostrado muy pesimista respecto a la construcción de la nación con un hombre de tan “peculiar psicología” como el panameño, cuya vida “consta de una sola dimensión” que no tiene “casi necesidades” y cuya “mayor empresa es, en muchos casos, conseguir un Ford o un aparato de radio”. Pero en 1957, contagiado por los vientos nacionalistas que soplaban en Panamá, hizo un llamado a “vivir para la nación”“dentro de un sistema de valores”. Esta “mentalidad del cincuentenario”, unida a las influencias externas, en medio de un mundo que se replanteaba su rumbo y de un movimiento nacionalista que redefinía sus objetivos, guió la necesidad de los intelectuales por descubrir, definir y etiquetar al panameño, mientras reformulaban la identidad. Más que nunca “lo típico” se convirtió en la representación exclusiva de “lo nacional”.

El compositor Roque Cordero recuerda el “afán de componer a lo típico” para tener “una credencial para participar en el desfile de la historia como compositor nacional”. La exaltación nacional fue hábilmente utilizada por los políticos que adoptaron un discurso nacionalista destinado a exaltar “lo panameño”, en detrimento de lo extranjero. Las recetas “nacionales” para la solución de los problemas “nacionales” se pusieron de moda, desplazando a las fórmulas importadas que habían mantenido la hegemonía hasta entonces, casi sin excepciones.

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