ESCRITOR

Se nos fue Ricardo Piglia

Se nos fue Ricardo Piglia
. El novelista, cuentista y ensayista argentino murió de un paro cardíaco el 6 de enero.

De ser posible, habría que escoger la mejor fecha para morir.

El escritor argentino Ricardo Piglia (1941-2017) falleció el mismo día en que un exmilitar demente, de forma cobarde y ruin, decidió disparar, a sangre fría, a quien se encontraba en el Aeropuerto Internacional Fort Lauderdale-Hollywood.

Esta tragedia opaca esa otra noticia triste: se nos fue uno de los grandes de las letras latinoamericanas, y las agencias internacionales de noticias le dedicaban cuando mucho un par de líneas; otras empresas de comunicación social ni siquiera lo reportaron, y los lectores se quedaron sin saber quién era el responsable de obras recomendables como La ciudad ausente (1992) y Blanco nocturno (2010).

Entiendo que en nuestro negocio las malas noticias son las que más venden, porque a un sector de los consumidores de la información les gusta bastante tragar la crónica roja más gore, y que se deben registrar hechos como ese ataque ocurrido a 50 kilómetros al norte de Miami, Florida.

Lo que no me explicó es por qué un hombre trabajador e imaginativo como Piglia no merece una cantidad parecida de notas, si él solo hizo acciones buenas en su vida, como es pensar, soñar y escribir historias que estaban a medio hacer entre la ficción y la no ficción, en las que echaba mano de la intertextualidad, la relectura y la recontextualización de lo ya existido para devolver algo nuevo y original.

Ricardo Piglia concebía al escritor como un arquitecto que se dedicaba a construir “un mundo alternativo” a través de textos que critican la realidad del presente, porque pensaba que los artistas están siempre insatisfechos con lo real y concreto, por lo que usaba la literatura como el espacio para “recomponer ciertas ilusiones y esperanzas que han desaparecido en otras partes”.

Su obra era una interesante derivación de lo que ya habían concebido sus maestros Macedonio Fernández, Julio Cortázar, Robert Alt, Adolfo Bioy Casares y Juan José Saer.

Mi primer encuentro con Piglia fue a través del cine, cuando en 2000 el director Marcelo Piñeyro llevó a la pantalla grande la que se convertiría en una de las dos novelas favoritas mías firmadas por Piglia: Plata quemada (siempre he tenido debilidad por ese la desolador y triste de la novela policiaca), a la que le sigue la no menos brillante Respiración artificial (una metáfora de los dolores de la dictadura militar argentina).


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