El albor del Año Nuevo trae consigo anhelos y regocijos.
Con la Nochevieja dejamos atrás los 365 días de la pasada anualidad para dar paso a un período contenido de deseos de rejuvenecimiento y prosperidad para el planeta.
El último domingo de 2014 es para la renovación. Mientras el aroma a incienso y los sahumerios “de limpieza” inundan el trayecto de la avenida Central, en las tiendas confluyen los crédulos en busca del ajuar rojo carmín o “amarillo bonanza” que prometen para 2015 la visita de cupido o la opulencia de la cornucopia, respectivamente.
Los rituales de fin de año son comunes en todas las latitudes.
Más allá de barrer hacia afuera toda la pringue acumulada en el hogar, hay quienes se acogen a ceremoniales tan complejos como extraños, con el afán de conseguir bienestar y suerte durante los siguientes 12 meses.
En Rumania, por ejemplo, los hombres y niños se visten como osos y otros animales desafiantes para alejar el mal de los hogares y de sus comercios.
En Crimea, por otro lado, decenas de hombres disfrazados como el Padre Invierno, un personaje tradicional de los pueblos eslavos muy similar al Santa Claus americano, desfilaron ayer 27 de diciembre como parte de los rituales para recibir al nuevo año.
En Italia, el cocinero romano Marco Fois se impuso como tradición zambullirse en las aguas heladas del río Tíber el primer día de cada año. Fois, de 52 años, lleva 14 años realizando esta hazaña, que se especula que otros iniciaron en 1946 y que Fois ha procurado recuperar como meta personal.
En tanto, en Japón, las fiestas de inicio de año se conmemoran con la venta de fukubukuro o bolsas de la suerte, que se venden el primer día del año en las tiendas y avenidas a un bajo costo. Aunque no se sabe con exactitud el contenido de cada saco, se piensa que se trata de mercancía y de cupones de descuento.














