He oído alabar tanto las series de televisión ahora tan de moda, que por fin me puse a ver una de ellas, Mad Men, hasta salir airoso de mi tarea tras recorrer una extensa galería de cerca de 200 capítulos, que significan unas 150 horas; algo para lo que se requiere espíritu atlético, pues se acabaron aquellos tiempos en que se imponía esperar una próxima tanda para ver el siguiente episodio.
Eso formaba parte de lo que podríamos llamar “la estructura del suspenso”, y está pasando a mejor vida. Las predicciones dicen que la televisión de penetración directa e instantánea, tipo Netflix, es la que se impondrá en el futuro cercano, y eso permitirá al espectador verse toda una serie en tiempo continuo, según su aguante y su ociosidad.
Mad Men tiene lugar en los años 1970 del siglo pasado, y se puede ver la historia pasar a través de los personajes, no solo en sus vestimentas, ambiente doméstico y objetos de consumo, cuya representación fiel y minuciosa es admirable, sino en los acontecimientos de la época, del asesinato de Kennedy al de Martin Luther King, los años de Nixon, la guerra de Vietnam y la cultura hippie.
Alguien asegura que estas series vienen a ser en el siglo XXI lo que fue la novela en el siglo XIX: la manera extensa, panorámica, profunda, de narrar las vidas de los seres humanos, yendo de las vidas hacia la historia, y viceversa, tal como en las grandes sagas de Balzac o de Dickens.
Novelas extensas, series extensas. ¿Pero es eso suficiente? Las similitudes entre novela y serial no pueden empezar por un asunto de longitud, Guerra y Paz es tan larga como Mad Men.
Otro alegato a favor de estas series es que pueden ser vistas de manera continua, tal como ocurre con las novelas: si nos atrapan, las seguimos leyendo hasta el final. Cierto.
Pero nadie se lee de una sentada un libro tan extenso como Crimen y Castigo, por intrigante que sea.
La gran diferencia está en que la novela está hecha de palabras que en la mente del lector se convierten en imágenes, mientras que la serie lo que nos ofrece son fundamentalmente imágenes, que se vuelven más repetitivas que las palabras.
Por eso la virtud del cine, y no de la serie, es su capacidad de síntesis, y que el director no pretende imitar al novelista cuando se trata de adaptaciones, sino crear un universo paralelo, y allí están la magia de El Gran Gatsby de Elliot Nugent, y de Matar un ruiseñor de Robert Mulligan, por ejemplo.
Pero la serie se expone a lo repetitivo, sobre todo si uno tiene la oportunidad de ver sus capítulos de manera continua, y entonces lo que parece ser la gran novedad se vuelve su gran defecto.
Los personajes cínicos y decadentes de Mad Men, que pertenecen al mundo de la publicidad, repiten de manera infinita los mismos actos, y mi ocio no ha llegado a tanto como para ponerme a contar las veces que alguien toma una botella y se sirve un trago o enciende un cigarrillo, o las veces que una pareja se mete en la cama, tanto que estas escenas podrían volverse prescindibles y simplemente anotar: aquí sexo.
Y como uno tiene el todo enfrente, ocurre lo que un buen novelista sabe evitar, y enseñar la lista de ingredientes que se van tachando a medida que son usados: infidelidades, divorcios, arribismo, dinero, suicidios, homosexualidad...
Es cuando una historia se va construyendo mientras se filma, en base a lo que el público quiere, y para eso están los surveys, los focus groups, y así el argumento puede ir cambiando de acuerdo a las tendencias que marcan las preferencias. Dickens, que también escribía en seriales, aunque sus lectores, claro está, debían esperar al capítulo siguiente, recibía por correo miles de sugerencias, pero no se dejaba ir por el gusto público, sino por lo que el relato necesitaba, y era él quien lo sabía, y nadie más.

