El estadounidense Bill Watterson es un autor atípico en el territorio del cómic, donde el estereotipo dicta que los creadores terminan solos y pobres tras dejarse la vista y el pelo en la infructuosa búsqueda de una mina de oro en la que afilar sus lápices para siempre.
Watterson (Washington, 1958), Gran Premio de la pasada edición del Festival Internacional del Cómic de Angulema y presidente de la actual, es el antagonista de ese perfil: saboreó el éxito planetario con Calvin y Hobbes, que publicó entre 1985 y 1995, y desapareció de la faz de la Tierra.
Además está casado con Melissa, y en la única fotografía que se le conoce tenía pelo hasta debajo de la nariz. Jubiló sus lápices a los 37 años, cuando era uno de los dibujantes de viñetas más aplaudidos del mundo por las hazañas de un niño de seis años y su sarcástico tigre de peluche.
A mediados de 1990, todavía en los albores de la web y los píxeles, la prensa de papel ya había empezado a reclamar cada vez más inmediatez y a reducir el espacio dedicado a las viñetas, lo que llevó a Watterson a renunciar a sus personajes para evitar su declive.

