Juran que ofrecen un servicio a la humanidad estos hombres de rapiña. Los romanos los tenían fichados: había rapina, y, en el camino al español, se fortaleció la fonética: la rapiña contemporánea. Sustantivo femenino. Robo, expoliación, saqueo, pillaje, depredación. Hurtar, arrebatar. Si hubiese un reality show, se ganarían el Premio Mundial a la Rapiña. Míster Universal Rapine. De Panamá para el mundo.
No ofendan a las aves de rapiña –ni a la imponente harpía– que alguien las calumnió por poseer garras afiladas y pico de trabajo. Ni lo comparen con el saqueo durante la invasión de 1989. Saqueadores aficionados aquellos. Con precarias uñas diestras y siniestras. Ni siquiera son saqueadores de rapiña. Estos sí tienen espuelas: él rapiña de lo lindo; tú rapiñas travieso, y nosotros rapiñamos en familia, porque la familia que rapiña unida aumenta su fortuna unida.
En un descuido, que asemeja la eternidad, emerge la rapiña. Cual enjambre destructor, convierte el hábitat en tierra arrasada. Se toma el campo y la ciudad. Arrebatar y hurtar: esa es la ley. No mencionen a los bebés desnutridos ni las escuelas rancho ni el mendrugo que genera la enfermedad ni el piso de tierra ni la tala de la vida. La codicia es de primero.
Un perro cruza un río sobre el tronco de un árbol. Lleva preso en su hocico un abundante trozo de carne. Contento por la hazaña, mira hacia el cauce y se ve reflejado en el agua.
La envidia lo mata: cree que su propio reflejo es otro perro que flota y que el pedazo de carne que lleva es más grande y jugoso que el de él. Se lanza ladrando contra el perro reflejado en el agua, que es él mismo, y pierde su manjar en la maniobra.
Lo desea todo. Tanto lo suyo como aquello reflejado, que incluso cree es mejor que su propio trozo. No valora su propio premio, lo que ya posee, y quiere acumular más de aquello que necesita.
La codicia destruye personas y pueblos. Es un tsunami que se revuelca e ingresa por cualquier portillo para castigar personas y bienes, tanto materiales como espirituales. Tsunami provocado por el afán devastador de tener y disponer mercancías, propiedades y, en especial, denarios.
Déjà vu. Percibo la expoliación y le veo el rostro al depredador, y recuerdo mi artículo de hace tres años, en esta columna, y que titulé Los hombres de rapiña, como Darío denominó la gula de los invasores, al mando de Walker, de su Nicaragua natal. Hablaba de la gula de aquellos mercenarios. Los de acá no son mercenarios. Hecho en Panamá. Subproducto de lo peor de nuestros comportamientos sociales.
La fiesta de la muerte anima a los “hombres de rapiña”. Su actuar profundiza la vulnerabilidad de pueblos enteros, cuyos espacios y bienes son víctimas de la motosierra y de las grandes máquinas para amasar fortunas y destruir el hábitat; de su cuchara grande para arrasar con los bienes comunes. Como Caín, y despreciados hasta por malandrines que se han ganado de vivienda una prisión.
“No quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata”, los describía Darío: “Son enemigos míos: son los aborrecedores de la sangre latina. Son los bárbaros”.
Ante la idea de que esos mastodontes son más fuertes y que pueden tragarse o aplastar a los otros, pues están inflados de superioridad, el poeta señalaba: “Sí, ¿cómo no voy a ver el monte que forma el lomo del mamut?”.
El ‘hombre de rapiña’ puede morir de indigestión, y sus víctimas de desnutrición. Pero no hay ‘hombre de rapiña’ que dure 100 años ni pueblo que lo resista.
