Los indios que invadieron Managua

Los indios que invadieron Managua
Una mujer y una niña llegan a Waspukta, Nicaragua, desplazados de su comunidad por la violencia impulsada por los conflictos de tierras.

El canal por Nicaragua puede parecer un imposible por su magnitud descomedida, y porque Wang Ying, el empresario a quien se entregó la concesión leonina para construirlo, se desvanece como un fantasma junto con su fortuna que se tragó la crisis financiera en China, donde ya desde antes era un millonario de tercera.

Pero para los campesinos cuyas tierras se hallan en los territorios por donde pasaría el canal, la amenaza que se cierne sobre ellos no tiene nada de cuento chino. No se trata de negociar. Lo que exigen es que el canal no se construya.

Salidos de la entraña de la Nicaragua profunda, han enseñado un vigor inusitado que ningún movimiento político ha podido mostrar.

Hace poco decidieron llegar hasta Managua desde las lejanas comarcas donde viven, para demandar la derogación de la concesión canalera. Y entonces el gobierno de Daniel Ortega decidió impedirles poner pie en la capital a cualquier costo.

Todos los instrumentos del poder político del régimen fueron concentrados en una gigantesca operación que empezó desde que los campesinos subieron a los vehículos que los llevarían a Managua, y en ella participaron la Policía Nacional para cerrarles el paso, el Ministerio de Transporte para exigir permisos arbitrarios; las fuerzas de choque del partido de gobierno para amedrentarlos en los cruces de carreteras.

Les confiscaron autobuses, capturaron a sus líderes, los obligaron a marchar largos trayectos a pie; pero al final, venciendo las barreras policiacas, más nutridas a medida que se acercaban a Managua, las caravanas de camiones de carga donde viajaban lograron entrar a la capital, solo para encontrarse con los cordones de policías antimotines que les cerraban el paso en las calles, con más grupos de choque armados de garrotes y cadenas, y con una contramanifestación montada con empleados públicos, miembros de la Juventud Sandinista uniformados, y estudiantes acarreados de las universidades estatales y los colegios de secundaria.

Los manifestantes pudieron recorrer varias cuadras, con lo que se dieron por satisfechos. Demostraron que habían podido llegar a la capital, pese a todo, y antes del anochecer iban de regreso hacia las tierras que no están dispuestos a entregar.

En los videos, los campesinos, arracimados en los camiones de carga, entran a Managua ondeando sus banderas nacionales azul y blanco. Abajo, los contramanifestantes ondean banderas del partido oficial, las banderas rojinegras que un día fueron de la revolución, y sus consignas son contra “los malos hijos de Nicaragua”.

Dan vivas al canal, vivas a Ortega y a su esposa. “¡No pasarán!”, grita uno. Y otro: “¡Me vale verga lo que digan los indios! ¡El canal va!”.

La palabra “indios” es la que mejor ha expresado nunca el desprecio en contra de los rotos y descalzos, y la soberbia en contra del inculto, el ignorante; “indios” son estos campesinos que calzan botas de hule, y a quienes este joven activista que grita desde la calle en nombre del sandinismo oficial, repudia.

Una “india” como la campesina Francisca Ramírez, dirigente de la lucha contra el canal, que dice: “miles pensamos que preferimos morir antes de entregar o vender nuestras tierras, y aunque nos digan que nos van a llevar a una ciudad y que vamos a tener todo, nosotros sentimos como que nos están quitando la vida y más bien nos están mandando a la muerte”.

Hace 35 años, en los albores de la revolución, miles de jóvenes se fueron a convivir por meses con los “indios” en la Cruzada Nacional de Alfabetización, cuando la juventud que gozaba del privilegio de educarse reconoció que había dos Nicaraguas, y traspasó la frontera para trasladarse a la otra, la de los pobres y analfabetos.

Quizás los campesinos que por fin lograron llegar a Managua aprendieron a leer y a escribir entonces, y a defender sus derechos, lo que ahora se les niega, aun el derecho de movilizarse, ya no digamos el de vivir en sus tierras. Y pareciera que son ellos quienes deberían alfabetizar ahora a estos otros jóvenes que los repudian con sarcasmo llamándolos “indios”, mientras agitan las banderas que un día fueron las banderas de la revolución.


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