Sobre la matanza en París

Sobre la matanza en París
Sobre la matanza en París

Muchos se empeñan todavía en no reconocer las evidencias: el terrorismo asesino siempre es político. Aunque se escude en la religión o en la economía. Aunque se disimule envuelto en nacionalismo. Aunque quiera mostrársenos como la respuesta a otro terrorismo: el que llaman el occidental.

La matanza que esta semana ha tenido lugar en París, en la redacción de Charlie Hebdo, no deja lugar a dudas. En el mundo hay gente que mata con cualquier excusa. La coartada ahora es religiosa: Mahoma y sus caricaturas.

Para muchos millones de creyentes, Mahoma es un profeta sagrado, intocable y de quien nadie puede hacer humor. Para otros muchos millones de gentes, los cristianos, Cristo es Dios y con Dios no se juega: tampoco se pueden hacer chistes con ese Dios cristiano que es el nuestro. Para los judíos, Javhé es intocable, intangible, irreproducible.

Esas tres religiones, y otras muchas, han llenado de muertos la historia del ser humano, y en muchos casos siguen en esa guerra interminable con la excusa de la tierra, de la religión, de la política o de cualquier otro disfraz.

Quiero declararme hoy, como siempre lo he hecho, partidario del humor. Sepan que el humor es una cosa muy seria, que tiene poco que ver con el chiste (que casi siempre es una simple explosión inmediata y nada más).

El humor es la profundidad del ser humano, la capacidad del ser humano para utilizar la broma que puede y debe reírse de lo más sagrado, aunque con eso se cometa para muchos un sacrilegio. Para esos fanáticos el sacrilegio se para con la muerte, mientras más publicitada mejor.

Entre los heridos de esa matanza hay un amigo mío, Philippe Lançon, un tipo de lo más inteligente y divertido del mundo. Un tipo serio: un humorista. Está fuera de peligro, según me cuentan desde París, pero una ráfaga de ametralladora le arrasó la mandíbula y le destrozó la cara. Lo recuerdo y me lleno de tristeza. ¿Qué me diría él ahora, siempre tomándose a broma el mundo, como hay que hacerlo para tener una cabeza responsable y en su sitio?

Me diría que siguiera en mis trece: que me riera a fondo de quienes hacen de la tierra una guerra identitaria; que me partiera de la risa del Espíritu Santo, de los Siete Candelabros y de Mahoma; que me carcajeara de las banderas del mundo entero, de los ladrones y de los asesinos que buscan su excusa para robarnos y matarnos en las cosas más sagradas de las que nos reímos, incluso y sobre todo porque son sagradas; que negara la categoría real de las razas y las civilizaciones, fronteras mentales que han hecho del mundo en el que vivimos un lugar tan sórdido como detestable; que me riera sobre todo de mí mismo, que esa sí que es una coartada para vivir sano y libre, reírse de todos, de todo y, sobre todo, de uno mismo como sujeto de broma constante, una risa que llena el corazón de aire limpio y sangre nueva.

Eso me diría Phillippe Lançon ahora mismo, si pudiera hablar con él en su lecho se sufrimiento. Mientras tanto, algunos locos de atar siguen justificando en lo que llamamos con demasía Occidente el que los terroristas musulmanes (sí, lo siento mucho, son terroristas musulmanes, aunque se empeñen en decir que eso no tiene nada que ver con el islam, como si las Cruzadas no hubieran tenido nada que ver con la civilización cristiana) sigan matando en esta guerra interminable que, por lo mismo, no se acabará nunca.

Acabo de regresar del Perú y, ya en la biblioteca de mi casa, me sumerjo en las páginas de un libro titulado Entre creyentes, del que es autor mi admirado V.S. Naipaul. Es muy recomendable en cualquier circunstancia, pero mucho más en esta, cuando la matanza de París flota en nuestra memoria reciente y nos deja una herida de muerte en el recuerdo.

Me parece que no todo el mundo de Disneylandia de izquierdas que nos hemos fabricado en Occidente estará de acuerdo con sus tesis. Pero Naipaul se toma las cosas lo suficientemente en serio como para hacer bromas de lo más sagrado.

Recuerdo a Salman Rusdhie en mi casa, explicándonos hace ya bastantes años, por qué tuvo que estar escondido del mundo para salvar la vida. No sé qué hace falta que suceda para que los niños bien de la izquierda europea y latinoamericana, los caviar y Disneylandia, no vean de una vez lo que está pasando.

Incluso me atrevo a responsabilizarlos, en una mínima medida, de cuanto sucede con el terrorismo islámico. ¡Llegan a comprenderlo incluso en estos casos de matanzas, como el de París!


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