Es inevitable que la ciencia ficción, cuando es realmente buena, de miedo. En el caso de la literatura, el susto llega porque lo leído se siente incómodamente próximo al presente. Tan próximo que existen momentos en los que el futuro imaginado parece tan solo una terrible extensión de la realidad.
Así pasa con El Círculo, la novela de Dave Eggers publicada en 2013. En el texto, El Círculo es el nombre de una compañía tecnológica cuyo poder asemeja una mezcla entre Google y el omnipresente Gran Hermano (Big Brother) de Orson Wells en su libro 1984. Tal como sucede con Google, Facebook o Apple, un puesto en la empresa ficticia es la posición más codiciada entre jóvenes profesionales. El cosmos dentro del campus de la empresa se revela ante el lector, poco a poco, a través de la perspectiva de Mae Holland, el personaje principal.
Mae es joven y obsesionada. No le teme a las horas extra, a los eventos corporativos, ni mucho menos a las invasiones a su privacidad: pocas cosas parecen intocables cuando se trata de cumplir con los criterios impuestos por su lugar de trabajo.
Situada en un futuro que no se siente tan lejano, El Círculo ha llevado a sus últimas consecuencias algunos de los avances tecnológicos que ya tenemos a disposición.
Por ejemplo, las compras solo se hacen con el uso del teléfono celular, las sugerencias están basadas en compras por internet, o cómo aparecen los avisos publicitarios que aparecen, a veces indeseados, a veces oportunos, cuando se navega en una red social luego de haber buscando algo en alguna otra pestaña del navegador.
Mae y el resto de los personajes, lamentablemente, sufren bajo el peso del mensaje que el autor pretende transmitir a través de ellos: el idealismo despreocupado detrás de los creadores de nuevas tecnologías, la masa de usuarios sin juicio y hambrientos por más y la manera en la que el monopolio de grandes compañías ha llegado a apropiarse, sin mayor resistencia, de la información privada de los usuarios.
Estos son algunos de los temas principales a los que Eggers da cuerpo y voz en las páginas.
El mensaje y la duda están allí, sembrados en la facilidad en la que los personajes acceden a ceder su privacidad, poco a poco, en nombre de una sociedad tecnológica y abierta, y la resolución del libro aunque se siente apresurada, sí logra ser sorprendente: la internet es una máquina bien engrasada donde solo una pieza puede hacer la diferencia, pero, todo depende de la pieza.

