Desde hace un tiempo, tenía en la mente un delgado libro que había visto de reojo en varias librerías. Su nombre (Vlad) no me decía mucho, su portada no terminaba de atrapar del todo mi atención, pero su autor: Carlos Fuentes, lo convertía en una lectura prometedora.
Hasta que en uno de esos arranques de impulsividad que tenemos algunos lectores, decidí comprar y leer la obra. Demoré meses decidiéndome, pero me tomó un día terminarlo y he aquí lo que encontré:
La historia es narrada por el personaje principal, el jurista de 40 años Yvies Navarro, esposo y padre, que acepta el encargo de su patrón Eloy Zurinaga de buscarle una casa en la ciudad de México a un viejo amigo.
Mientras cumple su labor, Yvies nos irá confesando las intimidades de su aparente estable vida, para luego compartir con el lector los terribles acontecimientos suscitados con la llegada del misterioso amigo de su empleador, el conde Vladimir Radu (Vlad, para los amigos), y cómo su vida, junto con la de su familia, cambiará para siempre.
En esta historia gótica los personajes no solo deben defenderse de la amenaza de un ser sobrenatural, sino también, como muchos de nosotros, luchar contra sus miedos internos. La vejez, la muerte, la monotonía y la implacable distancia que puede haber entre dos personas, aunque compartan la cama, son algunos de los tantos demonios que rondan la narración.
Esta novela, sin duda, busca rescatar la imagen del vampiro clásico. Un ser cruel e incapaz de sentir empatía por los que alguna vez fueron como él. Un demonio lampiño que se oculta en la oscuridad y atrae a la presa a su madriguera, donde le quitará algo más que su sangre.
Con una narración ágil, llena de metáforas y reflexiones –que no intentan ser pretenciosas– a mi parecer, su único fallo es la extensión de la obra. Sus 100 páginas pasan rápido, quizás igual de ligeras como los años para un ser inmortal, como lo es el vampiro.

