Rubén Darío cuenta en su autobiografía que en un viejo armario de la casa solariega, donde pasó su infancia en León de Nicaragua, encontró los primeros libros que habría de leer en su vida. Tenía 10 años de edad.
“Eran un Quijote”, dice, “las obras de Moratín, Las mil y una noches, la Biblia; los Oficios, de Cicerón; la Corina, de Madame Staël; un tomo de comedias clásicas españolas, y una novela terrorífica de ya no recuerdo qué autor, la Caverna de Strozzi. Extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño”.
¿A quién pertenecían los libros del viejo armario? Su tío abuelo, el coronel Félix Ramírez Madregil, el dueño de casa, y quien le daba cuidados de padre, era un antiguo combatiente del ejército unionista centroamericano del general Francisco Morazán.
En su casa se reunían en tertulia doctrinarios liberales, intelectuales masones y cabecillas radicales que de cuando en cuando se alzaba en armas contra la oligarquía conservadora.
La esposa del coronel, doña Bernarda Sarmiento, aunque católica practicante, era mujer de ideas libertarias y no faltaba a aquellas reuniones: “llegaban hombres de política y se hablaba de revoluciones. La señora me acariciaba en su regazo. La conversación y la noche cerraban mis párpados…”.
Lo más probable es que la dueña de esos libros fuera ella, pues fue lectora empedernida.
Rubén había aprendido a leer a los tres años de edad, y en su autobiografía recuerda que lo hacía en el patio enclaustrado de la casa bajo las ramas de un gran jícaro.
Seguramente, tras la sorpresa del hallazgo, como cualquier lector que tiene frente a sí una escogencia variada, se metió a ver de qué se trataba cada uno de los libros, para empezar por lo más atractivo.
Más atractiva que Los oficios de Cicerón, que trata de los deberes que tienen los ciudadanos frente al Estado; que El sí de las niñas de Moratín; o Corina, de madame Stäel, de quien nunca volvió a decir una palabra en sus escritos, debió serle La caverna de Strozzi, escrita en 1798 por Saint Warin, novela del género gótico, con su cauda de fantasmas y castillos embrujados, un género al que Edgard Allan Poe daría todo su peso.
En esa novela tremebunda encontró un eco de las historias que entonces oía contar en León: “se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde, a la Juana Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los demonios… que hacían un gran ruido y dejaban un hedor a azufre…”.
La Biblia de la infancia de Rubén se conserva en el museo que es ahora la casa donde vivió. Es una edición en latín y español en diez tomos, de los que falta el último, impresa en el año de 1858 por la Librería Española de Madrid, traducida de la vulgata latina por don Felipe de San Miguel “conforme el sentido de los santos padres y expositores católicos”, y revisada por don José Palau.
En cuanto a Las mil y una noches, el estudioso dariano Günther Schmigalle piensa que lo más probable es que se trate de la traducción, primero al alemán hecha por Gustav Weil, y de allí al español por don Juan de Olivares, publicada en dos volúmenes en Barcelona entre 1858 y 1859, “con 1,600 dibujos de los mejores artistas”.
Y El Quijote, al que ya nunca abandonaría, fascinado para siempre por el mundo cambiante y sorpresivo de Cervantes, quien fue para él “la vida y la naturaleza”; díganlo sino sus Letanías a Nuestro Señor don Quijote. Y como buen hijo de Cervantes, renovó la lengua que aquel había vuelto a inventar.
No hay duda de que gracias al tesoro encontrado en el viejo armario, Rubén empezó a leer desde entonces, con avidez y para siempre, El Quijote, la Biblia, y Las mil y una noches, pues nos hablará de ellos una y otra vez en sus poemas, en sus crónicas y en sus cuentos. Se quedó a vivir para siempre en sus páginas.

