EL FUTURO DEL áRTICO, PRIMERA PARTE

Descongelando un nuevo mundo

El deshielo del Ártico es una realidad con la que el mundo deberá aprender a vivir. Y como todo cambio, presenta un complejo arreglo de oportunidad y riesgo.

Desde que concluyó la llamada “era de los descubrimientos” (aproximadamente entre los siglos XV y XVII), los seres humanos hemos vivido en lo que el geógrafo Sir Halford Mackinder describió como un “sistema cerrado”. A partir de entonces, fue por primera vez posible describir –física y demográficamente– nuestro planeta como una masa discreta y finita de tierra y agua, sin nuevos mundos que conquistar (o nativos que subyugar).

En esa realidad –un mundo en el que no hay nada nuevo bajo el sol– las regiones polares han jugado un rol especial. Sus paisajes, descritos como “vacíos y aterrorizantes” por el viajero y científico francés Jean-Baptiste Charcot, provocan una “extraña atracción” en aquellos que se han aventurado a explorarlos, un sentimiento “tan poderoso y duradero” que les hace “olvidar todas las dificultades y solo querer regresar”. Protegidas por sus climas extremos, además, las tierras árticas y antárticas se han convertido en guardianes de la imaginación y la fantasía, las últimas provincias del más allá y el nunca jamás: entre los glaciares de la Antártida, miles de elegantes pingüinos bailan y toman Ginger Ale Canada Dry, mientras que santa Claus, sus renos y los camiones de Coca-Cola conviven en el Ártico con los osos polares y otros animales bajo las hermosas luces de la aurora boreal.

La distante relación entre las regiones polares y el resto del mundo obedece a la combinación de dos factores. El primero es el tamaño. Los 21 millones de kilómetros cuadrados comprendidos entre el Círculo Ártico y el Polo Norte, por ejemplo, representan el 8% de la superficie del planeta y el 15% de su tierra firme. Para hacernos una idea, la isla de Groenlandia es más grande que toda la Europa Occidental. Alaska, parte de Estados Unidos (EU) desde 1867, es 2.5 veces más grande que Texas (y 23 veces más grande que Panamá) y posee más kilómetros de costa que los 48 estados contiguos del país combinados. A la vez, esta inmensidad boreal contiene apenas unos cuatro millones de habitantes repartidos entre una media docena de países (ver mapa). La pobre relación entre tierra y población –equivalente a unas tres personas por kilómetro cuadrado– no solo da sentido a las palabras del viajero Frederick Albert Cook, que en las regiones polares sentía que era “la única criatura palpitante en un mundo muerto de hielo”, sino que convierte a los helados extremos del planeta en entes irrelevantes para la geopolítica mundial.

El dramático deshielo

Pero eso está cambiando. Y el cambio, paradójicamente, está llegando por el sitio menos esperado. En 2012, Groenlandia vivió su verano más caliente en 170 años, y 8 de las 10 estaciones de monitoreo de permafrost (capa de hielo permanente) en Alaska registraron las temperaturas más altas de su historia (las otras dos empataron el récord). Por su clima extremo, el calentamiento global está teniendo sus consecuencias más drásticas en la región ártica, y las elevadas temperaturas –en aumento por los últimos 45 años– están causando cambios en patrones climáticos y ecosistemas.

De todos estos cambios, el más significativo es el del deshielo en el océano Ártico. A pesar de ciertas variaciones anuales, la tendencia es clara e incontestable. Según el Centro Nacional de Datos de Nieve y Hielo de EU (NSIDC, en inglés) –que realiza mediciones desde 1979–, en septiembre de 2012 (el mes menos helado) el hielo cubría unos 3.61 millones de kilómetros cuadrados. Esos niveles, a su vez, eran sensiblemente inferiores a los 4.33 millones de kilómetros cuadrados del año anterior. Los datos son contundentes: entre 2011 y 2012, el hielo ártico disminuyó en una cantidad ligeramente inferior al área de la República de Chile. En las últimas tres décadas, ha perdido la mitad de su área y el 75% de su volumen. Según un grupo de científicos de la Universidad de Bremen (Alemania), el Ártico no mostraba una situación similar desde hace 8 mil años.

Las tendencias traen de la mano una pregunta fundamental: ¿Cuándo se quedará el Ártico sin hielo? La respuesta es más complicada de lo que parece. En 2007, el reporte del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, en inglés) predecía veranos sin hielo para 2070. Desde entonces, las mediciones han provocado severos ajustes. El exoceanógrafo jefe de la Armada de EU David Titley estimó que “entre 2035 y 2040 es posible que el ártico esté sin hielo por un mes al año”, mientras que el excanciller noruego Jonas Gahr Store predijo que para 2040 “puede que no haya hielo por una parte significativa del año”. Hoy, la mayoría de los científicos coincide en esas fechas, pero algunas simulaciones realizadas en 2012 han adelantado sus predicciones a la próxima década.

La disparidad de juicios y predicciones no es, en todo caso, señal de poca credibilidad. El problema, en realidad, ha sido una especie de falta de sofisticación en los cálculos. Investigaciones recientes sugieren que la mayoría de los modelos ha subestimado la importancia de algunos factores a la hora de hacer predicciones. De todo ellos, quizá los más importantes sean el grosor y la edad del hielo. Según el NSIDC, a principios de la década de los 80 el 40% del hielo ártico de septiembre era mayor de cinco años. Para 2011, esa cifra había caído al 5%. De la misma manera, el volumen de hielo estimado en septiembre de 2011 fue de 4 mil 300 kilómetros cúbicos, un 66% menos que el promedio entre 1979 y 2000. A medida que disminuye en edad y en grosor, el hielo se derrite y se rompe más fácilmente. Y por si eso fuera poco, la formación de hielo durante el invierno se ve afectada por la fuerza y cantidad de las olas, que aumentan a medida que el océano va quedando expuesto. En pocas palabras, mientras menos hielo hay un año, mucho menos habrá al siguiente. En esas circunstancias, incluso la más trágica de las predicciones puede resultar conservadora.

Consecuencias económicas

Sin entrar a considerar las desastrosas consecuencias ecológicas –el aumento del nivel de las aguas que podría sumergir metrópolis enteras, el advenimiento de estaciones más extremas, la desaparición de ecosistemas y especies y un largo etcétera–, el deshielo del Ártico está convirtiendo lo que había sido “un cuerpo impasible de agua rodeado de tierras salvajes y remotas” –como escribió Scott Borgerson en Foreign Affairs– en algo “dramáticamente distinto: un epicentro emergente de industria y comercio parecido al mar Mediterráneo”. Esto, por supuesto, tendrá consecuencias económicas y geopolíticas que apenas se empiezan a vislumbrar.

Por ahora, las económicas son las que concentran la mayor parte de la atención. Para Borgerson, al día de hoy “la única cuestión es saber cuándo se irá el hielo para que la región se abra al desarrollo”. La créme de la créme del capitalismo mundial parece coincidir con él: en un reciente informe, las británicas Lloyd´s y Chatham House proyectaron que la inversión en el Ártico podría llegar a los 100 mil millones de dólares en los próximos 10 años, “principalmente en el desarrollo de recursos naturales no renovables y en la construcción y renovación de infraestructura”. Esto a pesar de que, en las mismas páginas, advirtieron que el desarrollo del Ártico podría verse condicionado por “incertidumbres sobre las condiciones ambientes, la escala y accesibilidad de los recursos naturales, el ritmo del desarrollo tecnológico, las formas y demandas futuras de la economía global y las decisiones políticas de los Estados árticos”.

Pero 100 mil millones de dólares es mucho dinero. Y si bien el Ártico no había estado nunca aislado de la economía mundial –sus productos, principalmente de pesca, habían formado parte de la oferta global desde hace mucho tiempo–, el deshielo de su océano está creando grandes –e inéditas– oportunidades en dos sectores principales: la explotación de recursos naturales –hidrocarburos sobre todo– y el comercio marítimo.

Hidrocarburos y minerales

Las riquezas minerales del Ártico, a decir verdad, no habían sido nunca un secreto. Las primeras perforaciones costa afuera se llevaron a cabo en la década de los 70, y en la actualidad sus reservas de hidrocarburos –localizadas en Siberia Occidental y la bahía de Prudhoe en Alaska– representan el 10.5% de la producción global de petróleo y el 25.5% de la ídem de gas natural. Sin embargo, la gradual desaparición del hielo está proporcionando acceso a (aún más) fabulosas reservas de petróleo, gas natural y otros minerales. El Servicio Geológico de EU estima que hasta el 25% de los hidrocarburos sin descubrir del mundo yace bajo el hielo ártico (se habla del 13-15% del petróleo y el 30% del gas). En específico, estaríamos hablando de unos 90 mil millones de barriles de crudo y mil 670 billones de pies cúbicos de gas natural. La mayor parte de estos recursos –un 84%– se encuentra costa afuera, y se estima que el 70% de los campos de gas natural cae dentro de las 200 millas náuticas de la Zona Económica Exclusiva rusa.

Las cifras, por supuesto, han atraído cantidades masivas de inversión. Shell, por ejemplo, ha puesto 5 mil millones de dólares para explorar el mar de Chukotka en Alaska, y la escocesa Cairn Energy ha hecho lo propio –mil millones– en la costa de Groenlandia. Del lado ruso, las estatales Gazprom y Rosneft están desarrollando planes junto a gigantes globales –ConocoPhillips, ExxonMobil, Eni y Statoil– para desarrollar reservas –incluyendo fracturación hidráulica– en Siberia.

Pero no acaba ahí, ni mucho menos. El Ártico cuenta con las minas más productivas de zinc –Red Dog, en Alaska– y níquel –Norilsk, en Rusia– en el mundo. El Ártico ruso, además, produce el 40% del paladio, 20% de los diamantes, 15% del platino, 11% del cobalto, 10% del níquel, 9% del tungsteno y 8% del zinc del mundo. Sus bosques representan el 8% de las reservas mundiales de madera, y de sus aguas sale el 10% de la pesca global. En su ensayo, donde aporta la mayor parte de estos datos, Borgerson señala, además, el potencial hidroeléctrico y geotérmico de la región, e incluso menciona una nueva serie de vuelos –como el de Icelandair entre Reykjavik (Islandia), Anchorage (Alaska) y San Petersburgo– y cables de comunicaciones entre el Asia nororiental, el nordeste de EU y Europa. Por eso, un entusiasta Borgerson se atreve a predecir que “Anchorage y Reykjavik podrían convertirse en los equivalentes” norteños de Singapur y Dubai. En su valoración, pudo haber incluido perfectamente a Panamá.

Última Hora

  • 18:06 ‘Me tienen cansado’: ANTAI investiga al alcalde de Bocas del Toro tras altercado con ciudadano en sesión municipal Leer más
  • 18:05 Bellingham: ‘Es un sueño para mí trabajar con un entrenador como Mourinho’ Leer más
  • 17:00 UTP: evaluar el camino, construir el futuro Leer más
  • 16:44 ¿Quién es Ventura Vega, nuevo ministro de Educación? Esta es su trayectoria Leer más
  • 16:41 Panamá reacciona a ataque estadounidense con misil contra un buque de su flota en Medio Oriente Leer más
  • 16:07 José Córdoba pone su experiencia a disposición de Bruno Alves en su adaptación al fútbol inglés Leer más
  • 15:41 El procurador Gómez Rudy confirma que se investiga la compra de las ‘laptops’ Leer más
  • 15:09 Panamá vence a Japón y buscará ante Brasil la clasificación en el Mundial de Flag Football Leer más
  • 14:57 La Supercopa de España se jugará en Estambul del 2 al 7 de febrero de 2027 Leer más
  • 14:43 Médico es condenado a 15 años de prisión por violación agravada en La Chorrera Leer más