Nelson Mandela será enterrado hoy en Qunu, el pueblito en que nació en 1918 y adonde se retiró en 2012. El lugar, donde el expresidente sudafricano afirmó haber pasado los momentos más felices de su infancia, verá la que quizá sea la mayor aglomeración de gente de su historia, cuando miles de personas –incluyendo decenas de jefes de Estado y otras personalidades– acudan a despedirse del padre de la Sudáfrica moderna.
La ceremonia de Qunu cierra un proceso global de duelo por la muerte de Mandela, ocurrida el 5 de diciembre. El martes, decenas de miles de personas –y la mitad de los líderes mundiales– acudieron al estadio Soccer City de Soweto (Johannesburgo) para darle un homenaje a la altura de su grandeza, transmitido en directo para el mundo entero.Uno tras otro, un selecto grupo de políticos tomó el estrado para hablar de Madiba, como también se le conocía. El presidente de Estados Unidos (EU), Barack Obama, lo describió como un “gigante de la historia”, mientras que para el cubano Raúl Castro fue un “profeta de la unidad, la paz y la reconciliación”. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se refirió a él como “uno de los más grandes pilares de nuestros tiempos”, y el vicepresidente chino Li Yuanchao lo llamó “el orgullo del pueblo africano”.
LAS DOS CARAS DE MADIBA
Las líneas maestras de la vida del estadista sudafricano son bastante bien conocidas. Nacido en la realeza del pueblo Thembu, fue abogado, activista, líder guerrillero, prisionero en la infame isla Robben y, finalmente, el presidente que le regaló a su pueblo una identidad más allá de las razas.
Mandela entró a la Presidencia con 76 años, y vivió para gobernar Sudáfrica cinco más, hasta 1999. Vivió para ver dos transiciones de poder, e incluso para ver cómo su país volvía a hacer historia al convertirse, en 2010, en el primer anfitrión africano del campeonato mundial de fútbol. Vivió hasta los 95 años, y en los casi 24 que pasó como hombre libre, padre de la patria y leyenda universal, fue inevitable que mostrara su lado más humano. Visto en retrospectiva, podría decirse incluso que el tata Madiba vivió demasiado. Porque hoy, cada vez más sudafricanos –aunque aún minoría– se atreven a mirar críticamente su leyenda.
Mandela, por supuesto, cometió errores, como su intento de reducir la edad de votación a los 14 años en 1993, o su desastrosa política contra el sida, que para el fin de su mandato, en 1999, afectaba al 11.7% de la población (en años posteriores, tras perder a uno de sus hijos a causa de la enfermedad, expresaría su arrepentimiento al respecto). Pero la principal acusación que se hace contra él –especialmente entre la generación post apartheid– es la de haber “traicionado” a gran parte de su pueblo. Al enfocarse en la parte cosmética de la reconciliación, afirman sus críticos, dejó de lado las promesas más profundas del Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés). El sistema resultante, precioso sobre el papel, no cambió las relaciones económicas del país y, por ende, la situación de la mayoría de los sudafricanos.
LA SUDÁFRICA DE HOY
Desde ese punto de vista es difícil defender la obra del expresidente. Naturalmente, no todo es malo: el país cuenta con un sistema judicial robusto, elecciones limpias, libertad de expresión y protección de los derechos humanos. La economía se ha diversificado y crecido, añadiendo unos 3 millones de sudafricanos negros a la “clase media” del país. Esto le ha valido a Sudáfrica su entrada al simbólico club de los Brics –junto a Brasil, Rusia, India y China–, consideradas las economías emergentes más importantes del mundo.
Ahí termina lo bueno. Y lo malo es muy malo. Entre un tercio y la mitad de los sudafricanos viven por debajo de la línea de la pobreza. La desigualdad ha aumentado en los años post apartheid: el ingreso promedio de una familia blanca es seis veces superior al de una negra. De igual manera, los blancos sudafricanos –10% de la población– tienen una expectativa de vida 20 años superior a la de sus compatriotas negros (70 frente a 50), una estadística que pone de relieve toda una serie de problemas sociales: los pobres sistemas de educación y salud, la lacra del sida –5% de la población en 2010– e incluso la violencia, que acabó con la vida de 215 mil sudafricanos entre 1994 y 2004.
La situación económica tampoco da esperanzas. Nigeria está cada vez más cerca de desbancar a Sudáfrica como la economía más grande del continente. Apenas 2 de cada 5 personas en edad productiva tienen trabajo, y el 25% de la población labora en la economía informal. Se calcula que un millón de sudafricanos –en su mayoría blancos– han emigrado a EU, Australia y el Reino Unido desde 1994.
Todos esos indicadores, sin embargo, palidecen en comparación con el estado actual de la “nación arcoíris” con la que soñaron Mandela y el arzobispo Desmond Tutu. Mientras que el 82% de los sudafricanos negros consideran el apartheid como la raíz de su pobreza, apenas el 50.6% de sus compatriotas blancos piensa igual. Menos del 20% de los sudafricanos socializa regularmente con personas de otras razas. El 43.5% afirma que rara vez –o nunca– habla con alguien de otro color de piel.
El estado socioeconómico del país, a su vez, erosiona sus puntos fuertes. Muchos analistas hablan de un creciente retorno al tribalismo, y es cada vez más frecuente hallar opiniones populistas y retórica antiblanca. Y aunque existen ciertos signos de maduración política, Sudáfrica continúa siendo, tras casi 20 años de democracia multirracial, una especie de dictadura democrática, con el ANC ejerciendo un monopolio político que ha sido comparado con el del PRI mexicano.
El monopolio del ANC ha traído niveles elevadísimos de corrupción. De hecho, la era post apartheid ha visto el nacimiento de una clase de millonarios de raza negra cuya fortuna se debe, casi por completo, a sus conexiones políticas. La situación es tan grave que el presidente Zuma, que cuenta con 783 cargos distintos de corrupción, acaba de gastarse unos $28 millones de dinero público en mejoras a su casa. Según Transparencia Internacional, Sudáfrica ocupa el puesto 72 de 177 países en el ranking mundial de corrupción (Panamá está 30 puestos por debajo).
Nada de esto, por supuesto, es culpa de Nelson Mandela. ¿O sí? Para muchos sudafricanos, su falta de crítica hacia sus correligionarios jugó un rol fundamental en la decadencia moral, intelectual e ideológica de la clase política del país. Una situación que él mismo llegó a sufrir en carne propia al ser víctima de toda clase de personas –incluyendo familiares– que se aprovecharon de su imagen para enriquecerse.
DESMITIFICANDO AL HOMBRE
Pero las raíces de los problemas sudafricanos –y el rol de Mandela en ellos– van mucho más allá. Para empezar a entenderlos, podríamos enfocarnos en el período de Madiba al frente del país (1994-1999). Mandela, podría decirse, nunca gobernó la república sudafricana. Tras ganar las elecciones, dejó el día a día del poder a su segundo, Thabo Mbeki, y asumió funciones más ceremoniales.
Esa decisión podría ser motivo de crítica en cualquier otro país, pero ciertamente no en la Sudáfrica de 1994. De todos los problemas que afrontaba el país, había dos especialmente graves: la fragilidad de la reconciliación y la necesidad de atraer turismo e inversión. Y esos solo los podía resolver él. Por eso pasó gran parte de su tiempo viajando, convirtiéndose en el mejor embajador de las maravillas de Sudáfrica. Cuando estaba en casa se dedicaba a controlar el triunfalismo del ANC y a buscar gestos simbólicos que fueran afianzando la nueva realidad.
Esa, sin embargo, es solo la primera parte de la explicación, una que no alcanza a aclarar por qué el ANC “traicionó” sus promesas de revolución económica. Para entender eso, tenemos que considerar la manera como terminó el apartheid. Uno de los grandes mitos que rodean a Mandela es que él, y el ANC, “vencieron” al sistema racista sudafricano. La verdad no es tan poética: ni el ANC ni ningún grupo antiapartheid fueron grandes amenazas para el aparato de seguridad afrikaner. Más bien, el apartheid cayó gracias a una combinación de factores, principalmente la presión internacional. Y a su vez, esa presión aumentó dramáticamente tras la caída de la URSS. La (triste) realidad es que muchos países occidentales temían que una Sudáfrica dominada por el ANC se convirtiera en un satélite soviético. Y eso, para ellos, era mucho más importante que el sufrimiento de millones de personas.
Por su parte, Mandela se encontró en una posición ideal para convertirse en el líder y símbolo de la nueva Sudáfrica. Sus años en la cárcel no solo le daban el respeto y la autoridad para negociar, sino que lo convertían en una de las pocas figuras del ANC sin participación en actos violentos. En 1982 fue trasladado de la isla Robben a una prisión en tierra firme para que pudiese recibir más visitantes. El gobierno blanco entró en conversaciones secretas con él y con el liderazgo en exilio del ANC. Al final, se llegó a un acuerdo que a grandes rasgos permitía la apertura del sistema político a cambio de la conservación del sistema económico.
MANDELA Y EL MUNDO
Así nació la Sudáfrica de Mandela. Y este volvió al mundo de los hombres libres en circunstancias harto complicadas, obligado a amigarse no solo con los que lo encarcelaron, sino con los que apoyaron a sus opresores y ahora celebraban su liberación.
El tema no es menor, y constituye la piedra angular de la compleja relación que Mandela mantuvo con el resto del mundo. En 1962, la CIA proporcionó la inteligencia que llevó a su arresto, y por las siguientes tres décadas, los presidentes estadounidenses –y los primeros ministros británicos, entre otros– lo tildaron de terrorista. De hecho, su nombre fue removido de la lista de terroristas en 2008. Hasta ese momento, precisaba de un permiso especial para entrar en EU.
Mandela, si bien siguió la corriente hasta donde pudo, nunca olvidó sus raíces ni sus principios. Nunca dejó de criticar, especialmente en sus últimos años, las acciones estadounidenses en el mundo. Nunca olvidó el sacrificio –vidas incluidas– y el apoyo del régimen cubano. Nunca ocultó su apoyo a la causa palestina, diciendo que “sin su libertad, la nuestra no estará completa”. Nunca, en definitiva, olvidó a sus verdaderos amigos ni, seguramente, perdonó las muertes de Yasser Arafat y Muammar Gaddafi, a quienes llamó “camaradas en armas”.
Todas esas cosas, sin embargo, están siendo sistemáticamente borradas de la memoria colectiva por el establishment mundial, que aspira a convertir a Mandela en lo que el escritor sudafricano Roy Robbins describió como “mitad Che Guevara, mitad Mickey Mouse”. Mandela, que nunca renunció a la violencia como opción en su lucha, es ahora mercadeado como un ícono del pacifismo, legitimador de líderes que no tienen ni una fracción de su integridad.
EL HOMBRE ESTRATÉGICO
Esta parte de la historia de Madiba es quizá la más perturbadora, la más difícil de comprender para cualquiera que conozca el pasado rebelde, radical y antisistema del sudafricano, para cualquiera que vaya más allá de las frases bonitas de Facebook y Twitter. Para algunos, Mandela venció en la lucha contra un régimen opresor, pero perdió –o prefirió no librar– la batalla contra un sistema de explotación global.
Pero no todo es tan simple. Es fácil criticar a Mandela, pero la cuestión, en realidad, es si tenía opción de hacer algo distinto. La respuesta parecer ser ´no´: su historia, y la de Sudáfrica, es para el filósofo Slavoj Zizek un ejemplo más del drama actual de la izquierda. Al llegar al poder, el victorioso líder progresista se enfrenta al dilema clave: “¿se atreverá a tocar los mecanismos capitalistas, o jugará con las reglas establecidas?”. Si escoge lo primero, “será rápidamente castigado con perturbaciones del mercado, caos económico y todo lo demás”.
Por eso, es precisamente en su reacción a las circunstancias donde se encuentra la verdadera grandeza de Nelson Mandela. Lejos de ser un santo, Madiba fue un hombre profundamente pragmático. Su comportamiento post cárcel demuestra un conocimiento íntimo de la geopolítica sudafricana –una tierra riquísima en recursos, pero muy alejada de sus mercados principales– y, por ende, de sus prioridades estratégicas.
En este sentido, su vida fue una constante lucha contra las corrientes geopolíticas de su país y su continente. Mandela es un fantástico ejemplo de cómo el espíritu y el carácter humano pueden cambiar la historia. La transformación espiritual que vivió en sus años de cárcel le permitió convertirse en el más excepcional de los líderes africanos: en vez de dejarse llevar por sus emociones y rencores, entendió que solo la reconciliación traería estabilidad y prosperidad a Sudáfrica. Teniendo poder ilimitado, supo apartar sus ideales políticos y económicos para integrarse a un sistema inherentemente injusto, pero esencial para la supervivencia –al menos a corto plazo– de su país. Y por encima de todo, sabiendo que solo él podía lograr estas cosas, no falló a su cita con la historia.
Muchos temen por el futuro de Sudáfrica. La situación del país, en el fondo, refleja las virtudes y defectos de las decisiones de Mandela. Y si bien es verdad que la situación sudafricana es preocupante, no lo es menos que sus males –la desigualdad, pobreza y corrupción– son compartidos por la mayor parte de los países donde impera el “libre mercado”.La diferencia, sin embargo, es que al decidirse por las batallas correctas, al comprender magistralmente las circunstancias de su país, Mandela le regaló a Sudáfrica las llaves del futuro. Al igual que Gandhi, Nehru y Patel en la India, y que Jefferson, Franklin y Paine en EU, Madiba le regaló a su pueblo un mito nacional hermoso, fuerte y envidiable. Un cuerpo de ideales a los cuales agarrarse cuando todo parezca perdido. Una leyenda que irá creciendo a medida que la relativa vulgaridad de sus sucesores sea inevitablemente desnudada por la flecha del tiempo. Mandela, en pocas palabras, hizo de Sudáfrica una nación. Y lo hizo, encima, a su imagen y semejanza. Es hora de que descanse en paz.

