En 1965, Michael Conniff (nacido en 1942) vino a Panamá por carretera desde California. Venía a encontrarse con unos amigos con los que había trabajado en los Cuerpos de Paz en Guayaquil. Poco sabía entonces que lo que parecía una visita casual terminaría cambiándole la vida. “Sucedió casi por accidente. Trabajé, estudié en la Universidad de Panamá y me casé con una panameña”, dice con una sonrisa.
Tras un par de años en Panamá, Conniff volvió a su país para comenzar una carrera académica dedicada a América Latina. En específico, la obra de Conniff ha girado sobre tres temas: Brasil –donde también vivió por varios años–, Panamá y el populismo a nivel latinoamericano. En 1992, durante su estancia en la Universidad de Auburn (Alabama), publicó Panamá y Estados Unidos: La Alianza Forzada, que fue actualizado en 2001 y, más recientemente, en 2012 bajo el título El fin de la Alianza.
En estos tres libros, Conniff expone lo que ha sido su visión sobre las relaciones de nuestro país con el suyo: la de una alianza a la fuerza en la que una de las partes –Estados Unidos (EU)– era la beneficiada y la otra –Panamá– no tenía escapatoria. Esa alianza, afirma, moldeó la historia e identidad panameñas y comenzó a deshacerse con la firma de los tratados Torrijos-Carter, en lo que considera “el mejor proceso de descolonización del mundo”.
Usted lleva casi 50 años estudiando a Panamá. ¿Qué opina de la escena académica en cuanto a Panamá en EU?
La verdad es que hay varios investigadores norteamericanos que se ocupan de Panamá. Especialmente en la década de los 90 había un grupo grande que nos reuníamos anualmente para hablar sobre el proceso de implementación de los tratados [Torrijos-Carter]. Después de la invasión era importante ver que no se descarrilara el proceso.
Pero una vez que revirtió el Canal, el interés se evaporó. No continuamos las reuniones, los académicos no venían mucho a Panamá... pero en los últimos dos años, se está despertando el interés de nuevo.
¿A qué se debe ese interés renovado?
Primero por el crecimiento extraordinario que ha tenido Panamá, y también por el proyecto de ampliación. También es que hay una nueva generación de académicos. Hay, por ejemplo, una profesora llamada Laura Putnam que trabaja el tema de los antillanos en Panamá. Hay otro joven llamado Aims McGuiness que hizo trabajos sobre la época del ferrocarril, el incidente de la tajada de sandía y otros. Es una nueva generación y es natural que vengan a reemplazarnos.
Tiene entre sus planes escribir una biografía de Belisario Porras. ¿Por qué?
Es uno de los líderes más fascinantes de Panamá en el siglo pasado. Un político bien organizado que hizo cosas que no se habían hecho: carreteras, hospitales, escuelas y demás. Es un político que tuvo un gran impacto en la formación de la nación, incluso creo que podría considerársele el padre de la nación.
Además, no ha tenido mucha atención afuera. En Estados Unidos no se conoce a Porras, así que se podría publicar una biografía de él en inglés. Incluso podría hacerse un documental sobre él.
¿Cómo se entiende esa “alianza forzada” que usted describe en su libro?
Bueno, Panamá no tenía opción cuando se concluyó el tratado [Hay-Bunau Varilla] de 1903. Tenía que aceptarlo aunque trajo muchos daños. EU era una fuerza económica, política y militar, tenía tantos soldados aquí que Panamá no tenía opción.
También en el sentido de que un miembro de esa alianza tenía mucha fuerza y el otro tenía muy poca. Así que era una alianza mantenida para los intereses del fuerte, EU.
Usted escribió que Panamá figura en la conciencia estadounidense más de lo que debería. ¿Por qué?
Panamá es un símbolo de la expansión internacional de EU a comienzos del siglo XX. Y se creó un mito en torno al Canal que sobrevivió la grandeza del Canal mismo. Ya para los años 20 o 30 se sabía que el Canal era muy pequeño para los buques grandes, y durante la Segunda Guerra Mundial se vio que era indefendible. Por ende, no podía ser una fortaleza militar.
Paradójicamente, a medida que disminuía su valor estratégico real, el pueblo norteamericano –con la propaganda de la hazaña de construir el Canal, conquistar la selva, dominar la enfermedad– seguía alimentando y consumiendo el mito. Por eso, cuando se negociaban los tratados [Torrijos-Carter], el pueblo no quería soltar el Canal. Había una falta de congruencia entre lo que era el Canal y lo que el pueblo pensaba que era.
En su libro trata el tema de Panamá como nación. ¿Cómo ha evolucionado este sentido de nacionalidad?
Al comienzo, se definió en oposición a EU. No se podía esquivar la influencia estadounidense, y Panamá se formaba en contra de las influencias norteamericanas. Pero poco a poco, ya para los años 20 y 30, salieron nuevas corrientes que se oponían a la visión de Panamá como un país –en palabras de Belisario Porras– que existía “por y para el Canal”. Ellos creían que Panamá debía ser una nación con todos sus componentes, sin ser definida exclusivamente en torno al Canal y la presencia norteamericana.
Así que para los 30 y 40 se decía que la nación panameña iba más allá del Canal o cualquier otra cosa. Y los jóvenes panameños tuvieron el coraje de protestar, atacar la Zona del Canal y hacer cosas que no se habían pensado: usar la fuerza contra el coloso. Ya en los años 50 había manifestaciones para afirmar la soberanía panameña sobre el Canal. El 9 de enero fue la culminación de todo ese proceso.
¿Cómo se relaciona eso con el golpe de Estado de 1968?
Creo que no hay una gran relación entre el 9 de enero y el golpe del 68. Pero eso sí, el golpe tuvo un gran efecto sobre las negociaciones del Canal. Durante esa década las conversaciones no habían dado fruto, y para cuando subieron los republicanos al poder en Washington –con Richard Nixon [1969]–, se pensaba que ya no había chance de retomar las negociaciones.
Por eso, si no hubiera sido por [Omar] Torrijos, que como dictador disponía de mucha autoridad y tiempo, no se habría abierto la posibilidad de renovar las negociaciones. Nixon [1969-74] dijo “tal vez”, Ford [1974-77] dijo “vamos a ver”, pero realmente fue Carter [1977-81] quien dijo “ahora vamos a hacer lo correcto”. Le doy mucho mérito a Carter, por decidirse a continuar y concluir los tratados. Él enfrentó mucha oposición de la opinión pública, del Pentágono... fue una lucha que cortó su carrera presidencial. Su derrota en el 80 se debió tanto al asunto de Panamá como a la crisis de los rehenes en Teherán.
Volviendo al tema de la nacionalidad, ¿cómo evoluciona en la dictadura?
Cualquier líder panameño debía hacer referencia al nacionalismo. Arnulfo Arias era un gran ejemplo de eso, incluso su partido llevaba el nombre de la nación.
Torrijos, por su parte, sabía muy bien que debía jugar la carta del nacionalismo. Tomó posiciones bastante nacionalistas frente a EU, invitó al Consejo de Seguridad a reunirse en Panamá y puso mucha presión sobre EU para negociar. Así, la idea de nación se iba fortaleciendo con los años. Se hablaba de ello en las escuelas, en los discursos políticos... todo ello indicaba que Panamá era una nación y merecía ser tratado como tal.
En su libro también hace referencia a la división y tensión entre oligarquía y pueblo. ¿Cómo ha evolucionado eso hasta hoy?
En cuanto a la interpretación sociopolitica, prefiero referirme a los historiadores panameños. Ahora hay una élite en Panamá que no es la oligarquía antigua. Algunas familias antiguas están todavía prosperando, pero hay una clase media alta con mucha influencia y mucho poder. Inclusive los presidentes postinvasión no han venido de las familias antiguas, han sido gente nueva. Así que la oligarquía ya no monopoliza la política nacional.
En su opinión, ¿a qué se debe la falta de ideología en la política panameña?
Si uno ve un sistema como el chileno o el colombiano, por ejemplo, está compuesto por partidos que nacen a principios del siglo XX. Allí, los líderes van y vienen, pero el pueblo está identificado con los partidos. Panamá no ha tenido esa consistencia. La ruptura del 31 o el golpe del 68, por ejemplo, quebraron cualquier movimiento hacia el fortalecimiento de los partidos. Lo mismo ocurrió con la invasión del 89.
¿Por qué cree que esta sociedad no se ha molestado en contar los muertos de la invasión?
Es una buena pregunta. En los años 90 había mucha discusión sobre si eran 300 o 3 mil. Mi tendencia es creer en la cifra menor, pero no tengo nada para probarlo. Pero sí, valdría la pena una comisión para esclarecer toda esa situación.
¿Fue una decisión acertada eliminar el ejército panameño?
Creo que fue una decisión sana, porque Panamá tuvo problemas con la Guardia Nacional y las Fuerzas de Defensa. En cuanto había poder militar, fuerza física para usar contra el pueblo, se usaba. Tanto [José Antonio] Remón como Torrijos como [Manuel Antonio] Noriega lo hicieron. Entonces, en cuanto haya un ejército habrá presiones e impropiedades en su actuación.
En segundo lugar, el tratado de defensa del Canal está vigente, y se han dado pasos para garantizar la soberanía y la defensa del Canal, así que Panamá no tiene que asumir toda esa responsabilidad. Y los panameños que he conocido en estos 50 años son personas pacíficas que quieren vivir sus vidas sin tener que preocuparse por un ejército.
La tercera edición de su libro (2012) se llama El fin de la alianza. ¿Qué pasó entre la primera (La alianza forzada) y la tercera edición?
Bueno, en la segunda edición concluyo que tanto panameños como estadounidenses trabajaron muy bien en la implementación de los tratados, a pesar de la incredulidad y el escepticismo de muchos. Esa edición es una felicitación a ambos países por llevar a cabo ese proceso, que considero el mejor proceso de descolonización en el mundo moderno. Muchos países han tenido grandes problemas para salir de situaciones coloniales, y el caso de Panamá fue hecho por ley, por tratado y ejecutado burocráticamente con gran éxito.
Lo que no se sabía cuando se publicó esa edición es ¿qué va a hacer Panamá con el Canal? Había muchas voces que implicaban que Panamá no podría manejar todo lo que Washington le iba a dar, que habría un deterioro económico y político, y que sería un desastre sin la tutela estadounidense.
Pero es todo lo contrario. Panamá ha hecho maravillas con el Canal y sus elecciones libres. Ahora, diría que un área donde Panamá no ha tenido mucha mejora es en la proyección diplomática e internacional. Creo que Panamá podría ejercer un papel más productivo en las Naciones Unidas.
¿Y por qué El fin de la alianza?
¡Porque terminó! Al entregar el Canal se acabó la alianza.
¿Ya no hay alianza?
No, Panamá es uno de los 190 y tantos países del mundo con los que EU tiene relaciones.
Desde afuera, ¿cómo se ve la crisis de la expansión del Canal?
Preocupante. Para todos fue un regocijo que Panamá tuviera la organización y capacidad para llevar a cabo un proyecto de esa grandeza. Además, en muchos lugares se están dragando y reformando puertos por la ampliación del Canal.
Es algo que se espera y sería una tragedia que Panamá no pudiera concluir el proyecto. Tardaría mucho en recuperar su prestigio. Pero tengo plena confianza en que se va a arreglar.
