Fernando Cárdenas y Carlos Villalón llevaban dos años viajando a Darién con la intención de atrapar los secretos que esconde esa selva espesa que une -y separa- a Colombia y Panamá.
En todo ese tiempo, Cárdenas, periodista independiente que colabora con distintos medios en América Latina y Europa, y Villalón, quien también trabaja de manera independiente con medios estadounidenses, habían recogido testimonios de todo: de paramilitarismo y narcotráfico; de tráfico de madera, fauna y sobre población indígena, pero les faltaba la historia de las personas que atravesaban la selva buscando Estados Unidos.
Fue así que la pareja de periodistas estableció las coordenadas que siguen los coyotes con los inmigrantes y se aventuraron guiados por una pareja de mineros que conoce la zona. Antes de emprender el viaje sellaron su salida de Colombia y lo mismo harían cuando alcanzaran el primer pueblo fronterizo del lado panameño. Cárdenas dice que caminaron durante casi cuatro días con los mineros. No se toparon con inmigrantes, como esperaban. Tampoco con ningún tipo de grupo militar. El último día y medio, cuando les tocó seguir la travesía solos y sin comida, fue muy difícil, dice Cárdenas, porque no estaban muy seguros de por dónde estaban caminando.
En uno de esos tramos de selva se encontraron con unos indígenas emberá panameños, que al principio no querían hablarles porque temían que fueran peruanos, ecuatorianos o colombianos, quienes suelen pasar por ahí.
Al final, los convencieron y los indígenas los llevaron al caserío de Bajo Chiquito, una comunidad emberá localizada en la selva. Ahí entraron en contacto con unos guardias, quienes les dijeron que los acompañarían hasta el pueblo siguiente y los ayudarían a que pudieran sellar sus pasaportes con la entrada a Panamá.
Pero la historia fue otra. Viajaron hasta Magarrantí, en donde la policía le comunicó a la pareja de reporteros que estaban detenidos por "indocumentados". De ahí los trasladaron a Metetí, donde los encerraron en un calabozo por el que usualmente desfilan otros sureños.
Cárdenas dice que al principio no les permitieron hacer llamadas, y que en la celda de Metetí las condiciones para los indocumentados son infrahumanas. En lugar de camas hay unas esponjas curtidas alrededor de las cuales se pasean ratas por las noches. En el calabozo apenas entra la luz, y para hacer sus necesidades fisiológicas, los llevan a un retrete mugroso y repleto de moscas.
En esos dos días, Cárdenas, dice que les dieron dos tiempos de comida al día: pan como desayuno y, más tarde, arroz y sardina.
Luego de insistir y gritar muchas veces que los dejaran llamar, la pareja de reporteros consiguió hacer una llamada cada uno. Llamaron entonces a colegas en Colombia, donde ambos residen, y estos prendieron la alarma con la organización Human Rights y con una organización internacional que protege a periodistas.
Esas organizaciones contactaron a las autoridades panameñas y chilenas en Panamá y, a las pocas horas, los periodistas fueron llevados a la ciudad de Panamá, donde los recibió el cónsul de su país y autoridades panameñas, que les pidieron disculpas por el incidente. Luego los condujeron al aeropuerto y bajo el sello de "salida controlada" retornaron a Colombia.
