Andrés Oppenheimer [email protected] WASHINGTON. -En círculos diplomáticos latinoamericanos de la capital estadounidense se está produciendo un debate cada vez más público: si aumentar la cooperación militar de la región –y quizás hasta crear una fuerza militar conjunta latinoamericana– para ayudar a Colombia a derrotar a los grupos armados financiados por el narcotráfico y prevenir otras posibles amenazas similares en el futuro.

Hasta ahora, los países latinoamericanos han estado felices de dejar a Estados Unidos asumir el costo financiero y político de la asistencia militar a Colombia para la lucha contra el narcotráfico y los grupos armados que se nutren del negocio de las drogas. América Latina no quería verse arrastrada hacia el conflicto colombiano, y consideraba que Estados Unidos –como mayor consumidor de drogas del mundo– debía pagar la cuenta de la guerra colombiana.

Pero todo esto está cambiando muy rápidamente. Los guerrilleros y narcotraficantes colombianos están cada vez más activos en Brasil, Panamá, Ecuador, Perú y Venezuela. Y la ofensiva militar antiguerrillera del nuevo gobierno de Alvaro Uribe empujará a cada vez más narcotraficantes y terroristas a los países vecinos, afirman los analistas militares.

Asimismo, Colombia por primera vez está pidiendo abiertamente la ayuda de otros países latinoamericanos para combatir el terrorismo y el narcotráfico.

En una entrevista en Bogotá hace dos semanas, Uribe me dijo que pedirá a los países latinoamericanos “modernizar” el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947, también conocido como el Tratado de Río, para que abarque tanto las amenazas externas a la región como las internas. El Tratado de Río, en su versión actual, establece que una amenaza externa contra cualquier Estado miembro debe ser considerada como una amenaza contra todos.

Uribe dijo que quiere un nuevo tratado que incluya un acuerdo de cooperación en temas de seguridad, como mayores intercambios de inteligencia, mejores controles conjuntos de las fronteras, y mayor ayuda en la interceptación de vuelos de narcotraficantes. El presidente colombiano, sin embargo, no mencionó la posibilidad de crear una fuerza militar regional.

La propuesta de Uribe no será fácil de implementar. En muchos países latinoamericanos, la cooperación militar evoca recuerdos nefastos de la década de 1970, cuando las dictaduras militares de la región cooperaban entre sí para perseguir a guerrilleros y activistas de izquierda que se refugiaban en otros países. La cooperación militar se tradujo en asesinatos de inocentes y otras graves violaciones a los derechos humanos.

Sin embargo, cada vez más diplomáticos latinoamericanos están llegando a la conclusión de que la región no puede seguir de brazos cruzados ante el conflicto armado más largo y violento de América Latina.

El embajador de Argentina en Estados Unidos, Diego Guelar, va mucho más allá de Uribe: “No es la posición argentina hoy, pero a título personal estoy convencido de que es razonable pensar en la constitución de una fuerza de seguridad común en el marco de futuros acuerdos de integración sudamericanos”, dice Guelar.

La decisión de la OTAN a fines de la década pasada de proteger a Europa contra posible amenazas, independientemente de dónde vengan, incluso si es lejos de Europa, cambió las reglas de juego, sostiene Guelar.

“Para Sudamérica esto significa que, o te organizas y ejerces la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, o lo hacen los otros. Lo que no puedes hacer es decir que no vas a hacer nada”, dice.

Gran parte de lo que ocurra en materia de acuerdos de cooperación militar dependerá de la posición de Brasil, el país más grande de Sudamérica. Brasil quiere hacer el papel de líder regional, pero hasta ahora no ha querido asumir la responsabilidad de tener un rol activo en el conflicto colombiano.

En una entrevista telefónica el miércoles, el canciller brasileño Celso Lafer me señaló que Brasil ya está en conversaciones con el gobierno de Uribe para ofrecerle más información de inteligencia recibida por el SIVAM, el nuevo sistema de radares transamazónico que su país acaba de inaugurar. Lafer agregó que Brasil “mantiene la mente abierta” sobre propuestas de enmendar el Tratado de Río, que se discutirían en una conferencia hemisférica de seguridad que se realizará en México en el 2003.

“Creemos que el Tratado de Río todavía tiene uso y aplicación”, dijo Lafer. “Sin embargo, somos conscientes de que hay nuevos desafíos en materia de seguridad en el mundo, y examinaremos con nuestros socios las propuestas que hagan”.

Mi conclusión: La propuesta de Uribe enfrentará nuevos escollos si el candidato izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva gana las elecciones brasileñas de este mes. Lula y sus compañeros del Partido de los Trabajadores tienen memorias frescas de los acuerdos de cooperación militar de la década de 1970, y probablemente tengan una reacción instintiva contra cualquier propuesta semejante.

Pero tarde o temprano, América Latina tendrá que hacer frente a la realidad, y ocuparse del principal problema de seguridad de la región. Cada vez más, no hacer nada está dejando de ser una opción viable.