“Esta semana, China y Rusia firmaron un ansiado acuerdo de suministro de gas natural valorado en 400 mil millones de dólares, proporcionándole una importante fuente de combustible a una China hambrienta de energía y abriendo un nuevo mercado para una Rusia en riesgo de perder clientes europeos por la crisis en Ucrania”.
Así resumía Henning Gloystein, analista de Reuters, lo sucedido en Beijing el pasado 21 de mayo. Su planteamiento exhibe esa mezcla de precisión y superficialidad que define al periodismo de agencia: no sobra una palabra, pero cada una da para escribir un libro. Por eso, constituye un inmejorable punto de partida para analizar lo que puede terminar siendo el evento más significativo de la última década. Así de importante, así de significativo, fue el apretón de manos –y el brindis con un shot de vodka– entre Vladimir Putin y Xi Jinping.
Yendo de menos a más, podríamos comenzar con la palabra “ansiado”. La Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) y el gigante ruso Gazprom –ambas bajo control estatal– llevaban 20 años negociando, incapaces de ponerse de acuerdo en cuanto al precio a pagar por el gas natural (GN) ruso. Hace dos años, por ejemplo, había una diferencia insalvable entre los $437.50 por mil metros cúbicos (mmc) que Rusia recibía de sus clientes europeos y los $350 por mmc que Beijing pagaba a sus proveedores de Asia Central.
En los últimos meses, sin embargo, el precio europeo del GN ruso ha caído hasta los $380.50 por mmc, lo que acercó las posiciones de ambas partes. Los rusos cedieron, los chinos apretaron –las negociaciones se fueron hasta las 4:00 a.m. del último día– y luego aflojaron un poquito para sellar el acuerdo: a partir de 2018 –tras la construcción de la infraestructura necesaria– Rusia enviará 38 mil millones de metros cúbicos de GN anuales –a un precio oficialmente secreto pero estimado entre $350 y $380 por mmc– por 30 años, con la opción de elevar la cifra a 60 mil millones anuales.
“Este es el contrato más grande en la historia del sector GN en la antigua URSS”, dijo un exultante Vladimir Putin.
La lógica rusa
Las declaraciones de Putin reflejan la importancia para Moscú de un acuerdo al que Alexei Miller, presidente de Gazprom, se refirió como “solo el comienzo”. Para entender esto es importante tener claro que la economía rusa –que se encuentra al borde de la recesión– tiene un enorme talón de Aquiles en su dependencia de las exportaciones energéticas, que representan el 50% de los ingresos gubernamentales y el 25% del PIB.
Esta debilidad se ve agravada por el perfil de su industria energética, cuya principal ventaja competitiva –a pesar de ser un gran productor de petróleo– reside en sus fabulosas reservas de GN. La geografía y la naturaleza de la industria –existe aún una enorme diferencia de precio entre el GN transportado por tierra (ductos) y por mar (gas natural licuado o GNL)– han hecho que la producción energética rusa esté orientada casi exclusivamente hacia un mercado europeo que, a su vez, carece de alternativas energéticas viables. Alemania, por ejemplo, importa el 30% de su GN de Rusia.
Estas circunstancias han creado una simbiosis que le ha dado a Moscú un arma de doble filo: en Europa, Rusia tiene una mina de oro, obligada a gastarse hasta 100 millones de dólares diarios en su GN. Pero el Viejo Continente es también el centro del mundo ruso y, por ende, el lugar donde se ubica la mayor parte de sus objetivos geopolíticos (que hoy giran en torno a la creación de una esfera de influencia en la antigua URSS).
En consecuencia, a medida que Rusia ha ido recuperándose del colapso soviético, el suministro de GN a Europa se ha convertido en su arma política preferida. Esa dinámica llegó a su máxima expresión con la crisis ucraniana.
Y el resultado, por supuesto, ha sido un profundo replanteamiento a nivel europeo de la interdependencia con Rusia. Esto no quiere decir que las cosas van a cambiar de la noche a la mañana –sobre la mesa hay planes tanto de diversificar el suministro (Argelia o Azerbayán) como de aumentar el consumo de GN ruso (gasoducto South Stream)– pero el cambio de mentalidad es claro: Europa, ayudada por Washington, hará todo lo posible para reducir su dependencia energética de Moscú. De ahí que Gloystein hable de una Rusia “en riesgo de perder clientes europeos”.
Pero nada de esto es nuevo. Moscú y las economías asiáticas llevan al menos 15 años intentando encontrarse. El problema ha sido principalmente geográfico: por los motivos explicados, la infraestructura energética rusa se encuentra en el oeste del país, a miles de kilómetros de los principales centros de población asiáticos.
Por ende, la unión de la demanda asiática con la oferta rusa –centrada en las enormes reservas (¡sin explotar!) de energía y recursos naturales de la Siberia oriental– involucra un gasto elevadísimo en infraestructura. Las negociaciones han tomado años, pero poco a poco comienzan a dar frutos.
En la última década, las exportaciones de petróleo ruso hacia Asia han pasado del 4% a casi el 20% del total. En estos momentos, Rusia tiene la capacidad de exportar más de un millón de barriles diarios en dirección este.
Las cosas se ven de manera distinta del otro lado de los ductos. Rusia provee apenas el 9% del petróleo y el 1% del GN que devora China. Ambas cifras, sin embargo, están destinadas a aumentar: el año pasado, la CNPC y Rosneft (el Gazprom petrolero) firmaron un acuerdo a 25 años, valorado en 270 mil millones de dólares. Y tras el acuerdo del día 21, Rusia proveerá –a partir de 2018– alrededor del 10% del GN consumido en China. Ese gas, por cierto, equivale al 25% de lo que Rusia le vende hoy a Europa.
Una de las frases clave de Gloystein es “abriendo un nuevo mercado”. Esa frase es importantísima por una simple razón: el mercado que se le abre a Rusia con el acuerdo chino –y la construcción del gasoducto Power of Siberia, de 4 mil kilómetros de largo y valorado en 42 mil millones de dólares– incluye a Japón y las Coreas (que han mantenido un silencio atronador con respecto a Ucrania).
Es importante entender la dimensión de esto: los mayores importadores de GNL del mundo –Tokyo y Seúl– tendrán acceso por primera vez a GN transportado en ductos. Cualquier evento que tenga consecuencias para Rusia, China, Japón y Corea del Sur puede ser tildado de revolucionario.
Y la primera revolución que Xi y Putin desataron en Beijing afectará la industria y el mercado global de GN. Lo primero que hay que saber es que, además del punto de inflexión de Ucrania, las circunstancias del sector hacían que la consecución de un acuerdo con Beijing fuera una cuestión de vida o muerte para Moscú.
La razón es simple: el mercado, entre el aumento de la producción de actores tradicionales –Qatar o Australia– y la irrupción a corto y largo plazo de nuevos productores –Estados Unidos (EU), Mozambique, Israel, Líbano o Chipre–, se estaba saturando. La consecuente reducción de los costos de transporte del GNL –que en Asia son especialmente altos– suponía una amenaza directa para el gas ruso.
Ahora, con el mayor productor de GN y el futuro mayor consumidor amarrados por décadas, el panorama ha cambiado significativamente. Los gasoductos rusos llevan la ventaja y Moscú ya planea un oleoducto de 30 mil millones de dólares hacia India y una red de gasoductos hacia Corea del Sur a través de Corea del Norte (que obtuvo el perdón del 90% de su deuda rusa a cambio de su participación).
Si estos proyectos se completan, Rusia se convertirá en el principal proveedor de energía de las economías más importantes del mundo (con excepción de EU).
La lógica china
Si el acuerdo da la impresión de ser un éxito para los rusos, lo de los chinos raya en lo brillante. Comenzando por el aspecto económico, para Beijing –y, por extensión, para el resto de Asia– el triunfo se reduce a algo muy simple: introducir GN en el mercado asiático a precios europeos.
Para comprender la trascendencia de esto es necesario enfocarse en el rol del GN en el esquema energético chino. En la actualidad, el gas representa apenas el 5% de las necesidades energéticas del dragón asiático.
En 2012, China importó alrededor del 30% de los 144 mil millones de metros cúbicos que consumió. De esas importaciones, aproximadamente el 50% fue de GNL, proveniente de Australia, Indonesia, Malasia y Qatar. La otra mitad llegó a través del gasoducto que la conecta con Turkmenistán.
China, sin embargo, ha decidido que quiere más gas. Su dependencia de combustibles como el carbón ha resultado en un problema de polución que, además de amenazar la salud de los chinos –en ciertos días, respirar el aire de Beijing equivale a fumar 21 cigarrillos– podría convertirse en un asunto político para el Partido Comunista (PCCh).
Por eso, en su Doceavo Plan Quinquenal (2011-2015), el PCCh convirtió al GN en la principal prioridad del país. Según sus propios cálculos, su consumo se colocará entre 200 mil millones y 250 mil millones de metros cúbicos para 2020. Según la Agencia Internacional de Energía, esa cifra rondará los 300 mil millones de metros cúbicos.
La Administración de Información Energética de EU proyecta que Asia liderará el aumento en la demanda mundial de GN entre 2010 y 2040. China, según sus cálculos, será responsable del 60% de ese aumento. El dragón, como escribió Gloystein, está hambriento de energía.
Quizá más fascinante que las enormes cantidades de gas que China tendrá que conseguir es cómo hará para conseguirlas. Es importantísimo entender la política energética china, cuya prioridad ha sido, por encima de todo, el acceso a los recursos. De esa manera Beijing siempre podrá contar con fuentes energéticas confiables, incluso en tiempos de crisis.
Por décadas, China logró este propósito a través de una filosofía de autosuficiencia energética, especialmente petrolera. Para mediados de los 90, sin embargo, el ritmo al que crecía su monstruosa economía ya era demasiado para que las compañías estatales –CNPC, Sinopec y otras– la siguieran alimentando.
Así, China salió a buscar energía al mundo a través de sus compañías energéticas. Y el éxito ha sido rotundo. En los últimos cinco años, las adquisiciones energéticas chinas alrededor del planeta han promediado 23 mil millones de dólares anuales.
En 2010, Sinopec adquirió el 40% de los activos petroleros de Repsol en Brasil por 7 mil 100 millones de dólares. En 2011, una subsidiaria de CNPC compró el 20% de las acciones de Royal Dutch Shell en un campo de GN en Canadá. La lista sigue, con acuerdos en todos los continentes y con toda clase de gobiernos.
Debido a su priorización del acceso a los recursos, el enfoque energético chino hace que no todas las fuentes energéticas sean iguales. El GNL, por ejemplo, es uno de los casos más interesantes. Si bien Beijing se prepara para formar parte del esperado boom –con unas 15 terminales listas o en construcción, que lo colocarán como el segundo consumidor del mundo tras Japón–, el PCCh es perfectamente consciente de que todo lo relacionado con GNL depende de rutas marítimas controladas por la Armada estadounidense.
Los líderes chinos, que recuerdan la hostilidad occidental tras lo ocurrido en la plaza Tiananmen en 1989, saben perfectamente que la Pax Americana dura hasta que lo decida Washington. Al firmar con Moscú, entonces, China se asegura una fuente de gas y petróleo fuera del alcance de la Armada estadounidense.
Esa armada, a su vez, constituye la base del poder norteamericano y, por extensión, del orden internacional post-1989. En esa simple pero crucial consideración estratégica, más que en ninguna otra de cualquier tipo, reside el valor del acuerdo con Moscú.
Quizá por eso, y aunque su análisis estaba centrado en las consecuencias para el mercado de GN, Henning Gloystein escribió que China se hacía con una fuente “importante” de energía.
El que encima lo haya conseguido a un precio de baratillo, salvándole la vida a los rusos y abriendo un universo de posibilidades para las economías más importantes del planeta –incluyendo rivales como India y Japón– es el indicador más poderoso hasta la fecha del nuevo mundo –multipolar y centrado en Eurasia– que está naciendo frente a nosotros.

