100 AÑOS DEL COMIENZO DE LA GRAN GUERRA, SEGUNDA PARTE

El terremoto inevitable

Aunque hay un gran debate sobre los motivos inmediatos de la Gran Guerra, pocos historiadores y analistas dudan -como dijo recientemente Kissinger- que el conflicto era ´estructuralmente inevitable´.

En su novela El hombre sin atributos, el escritor austríaco Robert Musil retrata a la élite vienesa en los meses anteriores al estallido de la Gran Guerra. Como toda sociedad en decadencia, la austrohúngara vivía ensimismada, preocupada por banalidades y nimiedades, completamente inconsciente de que su mundo estaba a punto de derrumbarse. En cierta manera, lo mismo ocurría en el resto de Europa.

Para cuando la bola de nieve echó a rodar, el continente más poderoso y sofisticado del mundo fue incapaz de luchar contra las fuerzas que lo empujaban hacia la autodestrucción.

Al mismo tiempo, la creciente potencia estadounidense coronaba 140 años de expansión territorial y marítima con la inauguración de un canal interoceánico en Panamá, una pequeña república centroamericana creada expresamente para la construcción del proyecto. Ambos eventos auguraban un reordenamiento de fuerzas que marcaría el futuro del planeta. Y ambos ocurrieron en ese fatídico verano de 1914, hace exactamente un siglo.

La cuestión alemana

Aunque hay un enorme debate en cuanto a los motivos inmediatos de la Gran Guerra, lo que pocos historiadores y analistas dudan es que, como dijo recientemente Henry Kissinger, el conflicto era “estructuralmente inevitable”. Para entender por qué, es necesario comenzar en el siglo XIX. En 1871, lo que había sido un área de principados compitiendo entre sí en el centro de Europa se convirtió en una nación unificada.

La emergencia de lo que hoy conocemos como Alemania generó una profunda ansiedad a nivel continental, pero su supervivencia fue asegurada gracias a la astucia y estatura diplomática de Otto von Bismarck, el mismo hombre que la unificó y modernizó a base de sangre, fuego y realpolitik.

La grandeza de un individuo, sin embargo, no suele bastar para resolver los dilemas más profundos de una nación. Como escribió George Friedman, “la emergencia de Alemania como una gran potencia europea desestabilizó todo el sistema y tarde o temprano ese problema tenía que ser tratado”.

Ese proceso comenzó en 1888, cuando la coronación del kaiser Wilhelm II -y la renuncia forzada de Bismarck dos años después- abrió un periodo en el que los miedos que el imperio alemán sentía -por su posición entre Francia y Rusia- y los que causaba -por su potencial económico y militar- entraron en un ciclo de retroalimentación amplificado por la enorme ambición del nuevo emperador.

Para la primera década del siglo XX, la cuestión de Alemania y su lugar en Europa no podía esperar más. El primer afectado era Francia, que venía recuperándose del desastre que le supusieron las guerras napoleónicas. París, que tenía la certeza de que Londres y Moscú se unirían en cualquier conflicto contra Berlín, debía atacar pronto si deseaba vengar la humillante derrota de 1871.

Alemania lo sabía, pero tenía dos condicionantes: primero, que la rápida industrialización del imperio ruso aumentaba la amenaza en el Este, por lo que atacar a Francia primero se hacía urgente; y segundo, que no había forma de vencer a las tres potencias combinadas.

Por ello, la estrategia teutona -concebida inicialmente en el Plan Schlieffen de 1905- consistía en atacar primero a los franceses y luego a los rusos, haciendo todo lo posible para evitar el involucramiento británico. Para ejecutarla con éxito, Berlín necesitaba un aliado en el Este -que le permitiera contener a Rusia mientras derrotaba a Francia-, y una buena excusa para golpear a París sin provocar a Londres. El imperio austrohúngaro (IAH) -y su guerra contra Serbia- terminó proporcionándole ambas cosas.

La estrategia alemana tenía toda la lógica del mundo. Su problema, en realidad, nació de una serie de suposiciones erróneas. Para empezar, los aliados orientales -el IAH y el imperio otomano, ambos en plena decadencia- terminaron siendo más incompetentes de lo pensado.

En particular, Viena priorizó sus objetivos domésticos -derrotar a Serbia- y terminó dividiendo sus fuerzas de una manera que no bastó ni contra los rusos ni contra Belgrado. Para más inri, los británicos se unieron a la guerra desde el principio, preocupados por el balance de poder en el continente y temerosos de la cada vez más formidable Armada alemana. Incluso Estados Unidos -por motivos similares a los británicos- terminó involucrándose en el conflicto en 1917.

Bárbaros civilizados

En cierta manera, lo mismo ocurrió del otro lado. Francia confiaba en Rusia, pero Moscú -que temía perder la parte occidental (e industrializada) de su imperio si permitía la humillación de su aliado serbio- concentró casi el doble de fuerzas contra Viena que las que había destinado contra Berlín. A la decepción rusa habría que sumar las deficiencias en el pensamiento estratégico francés, condicionado por el trauma de 1871.

Aún sabiendo que tanto a Londres como a Moscú les tomaría mucho tiempo movilizar sus fuerzas, los generales mantuvieron un compromiso con el espíritu ofensivo que se tradujo en cargas masivas -e inútiles- de bayonetas contra las ametralladoras alemanas, o en uniformes que despreciaban cualquier noción de camuflaje.

La temeridad de los líderes franceses, en realidad, es apenas un reflejo de una imprudencia generalizada. Más que en el desafío alemán, aquí puede encontrarse la verdadera clave de la Gran Guerra. “Habrán vuelto antes que los árboles pierdan sus hojas”, le dijo el Kaiser a sus tropas antes de enviarlas a luchar por “la justicia, la libertad, el honor y la moralidad”.

Del otro lado, el primer ministro inglés Herbert Asquith aseguraba que Gran Bretaña “no luchaba por sus propios intereses, sino por principios de vital mantenimiento para el mundo civilizado”. A pesar de la retórica, para Henry Kissinger “ninguno de los líderes habría ido a la guerra de haber previsto cómo luciría el mundo en 1917”.

Aquí, es posible que el célebre diplomático peque de ingenuo: existen motivos más que suficientes para concluir que las raíces del fervor bélico iban hasta lo más profundo de las sociedades europeas. El 1 de agosto, miles de personas marcharon por la Ringstrasse de Viena gritando “¡muerte a todos los serbios!”. Tanta o más gente se juntó en la Place de la Concorde parisina para cantar La Marsellesa mientras veían arder una efigie del Kaiser alemán.

Lo que comenzaba era una “guerra santa de la civilización contra la barbarie”, según un periódico francés; una guerra para “impedir que Rusia destruya la cultura de Europa Occidental”, según un diario alemán o un conflicto para “resistir el yugo germánico”, según un manifiesto firmado por escritores rusos.

Por increíble que parezca hoy, la Gran Guerra fue abrazada por la crema y nata del intelectualismo europeo. “Por primera vez en 30 años siento que soy austriaco”, escribió Sigmund Freud en julio de 1914. Thomas Mann, el enorme novelista alemán, dijo que su corazón estaba “encendido” ante el conflicto. Su actitud coincidía con la de los 93 intelectuales, científicos y artistas que en 1915 firmaron un manifiesto justificando las acciones bélicas alemanas a partir de su superioridad cultural, y con la de tantos otros genios -Apollinaire, Debussy, Kokoschka, Rilke, Schoenberg, Wittgenstein, Zweig- que terminaron intoxicados por el fatal atractivo de la guerra. Incluso el establishment religioso, escribió George Weigel, “bebió profundamente de los pozos del nacionalismo”. Todos los que “aman la libertad y el honor”, dijo el obispo anglicano de Londres a sus congregantes en 1915, “deben matar alemanes, no por matarlos, sino para salvar al mundo”.

Esta mezcla de barbarismo y civilización ha fascinado a los historiadores por todo un siglo. Para algunos, el verano de 1914 representa la “fase aguda de una enfermedad crónica que había afectado a Europa desde el inicio de la Revolución Industrial”, como escribió Frederic Morton en Harper´s.

El “progreso”, explicó, había aumentado la eficiencia manufacturera europea con el mismo vigor con el que desgarró su tejido social. Privados de raíces orgánicas, millones “se dividieron en átomos precarios y recelosos”.

Ante la alienación generalizada, el asesinato del archiduque “precipitó una crisis terapéutica (...), dándole a cada bando un flameante imperativo y una misión sagrada”. La Gran Guerra, entonces, fue el producto de la “pesada ambivalencia que el individualismo occidental le impuso al hombre moderno”.

Pero otros van mucho más allá. Para el economista y autor David Goldman, explicaciones como la anterior son completamente infundadas. Los europeos, escribió, ya habían convertido el continente en una carnicería en la cúspide de su civilización en al menos dos ocasiones: la Guerra de los Treinta Años y las Guerras Napoleónicas. En un ensayo para el Asia Times Online, Goldman le atribuye gran parte de la culpa a la creencia equivocada de que el conflicto de 1618-1648 fue la última guerra religiosa.

En vez de la religión, lo que realmente motivaba a los europeos a matarse entre ellos era la “megalomanía de la elección nacional”, una actitud resultante de la mezcla entre el paganismo europeo y los valores cristianos. “El ansia intranquila de ser la nación escogida comenzó con las primeras conversiones paganas; estaba incrustrada en la cristiandad europea desde su fundación”, escribió. “Los cronistas cristianos describían a los recién bautizados monarcas como reyes bíblicos, y a sus naciones como una nueva Israel”.

Así, continuó, “la auténtica visión católica de un imperio universal que no pudo imponerse ante los reclamos más tangibles de sangre y tierra. Los europeos no pelearon las guerras de 1618 y 1814 como cristianos, sino como cripto-paganos”.

En consecuencia, en 1914 “la civilización occidental no estaba embarazada sino estreñida”. En vez de “parir el futuro”, lo que hizo fue “soltar toda la inmundicia del paganismo acumulada en sus entrañas”, un proceso que duraría hasta 1945.

El legado de la matanza

Dado que la megalomanía antes mencionada constituye uno de los principales regalos europeos al mundo, el entendimiento de su rol en la última gran conflagración es crucial. Pero más allá de eso, muchos han aprovechado el centenario de la gran guerra para establecer paralelos con el mundo de hoy. A decir verdad, el Lejano Oriente presenta fascinantes similitudes con la Europa de hace un siglo, con China haciendo de Alemania y Japón de Francia.

Y en general, la configuración de un mundo más multipolar -como el de 1914- parece una realidad ineludible. El consenso, sin embargo, parece apuntar a que una repetición de los eventos de 1914 es prácticamente imposible. El papel de la ONU, el poder estadounidense y, sobre todo, la existencia de armas nucleares hacen que nuestro mundo sea muy distinto al de hace un siglo.

La Gran Guerra, no obstante, deja lecciones que apuntan a lo más oscuro de nuestra naturaleza. Además del veneno nacionalista, el uso de excusas para empezar guerras planeadas sigue muy presente, al igual que el encubrimiento de los verdaderos motivos de un conflicto detrás de ideales altisonantes.

Pero, sobre todo, lo más preocupante quizá sea la autocomplacencia que reina tanto ahora como entonces. “Los empresarios están demasiado ocupados haciendo dinero (...) y los políticos juegan con el nacionalismo igual que hace 100 años”, denunció The Economist.

Mientras eso sucede, la sociedad global sigue dormida, tal y como lo describió Musil. “La locura -concluyó el semanario inglés- usualmente cede ante el egoísmo racional. Pero cuando triunfa conduce a la matanza, por lo que asumir que la razón vencerá es ser culpablemente complaciente. Esa es la lección de hace un siglo”.

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