Era casi el mediodía del 26 de enero y Juan (nombre ficticio) se hallaba en los alrededores del mercado público de Penonomé.
El joven de 15 años no estaba de compras, sino trabajando como ayudante o lo que comúnmente se le llama “pavo” en un busito de la ruta Penonomé-Caimito.
“Trabajo para ver si puedo entrar a la escuela”, le comentó a uno de los inspectores del Ministerio de Trabajo y Desarrollo Laboral (Mitradel), que realizaba una inspección para detectar a niños trabajadores.
Contó que en su casa vive con otras cuatro personas y que por la falta de recursos económicos no ha podido seguir sus estudios.
El joven era uno de los 10 adolescentes, en edades entre 13 y 17 años, que fueron sorprendidos trabajando como secretarios en el transporte colectivo.

