Se ha ido uno grande. En un despertar y en pocos días, Rubén Darío Carles Grimaldo nos dejó, pero su recuerdo perdura para siempre. Chinchorro, como lo conocíamos, fue un digno ejemplo a seguir. Se graduó en el Instituto Nacional y estudió economía en la Universidad de Panamá. Luego hizo su posgrado en la Universidad de Northwestern, en Chicago, y en la Universidad de Columbia, en Nueva York.
Su militancia fue activa y determinante en diferentes grupos y partidos políticos en los que aportó a la discusión de temas del quehacer nacional. Fue profesor de economía en la Universidad de Panamá y en otras. Durante años trabajó en el Chase Manhattan Bank, institución en la que ejerció casi todas las gerencias, siendo interrumpidas en varias ocasiones por compromisos que adquirió para participar en la vida pública, y en sus períodos de exilio fuera de Panamá.
En la administración de Ernesto de la Guardia fue ministro de Hacienda, y en la presidencia de Marcos Robles fungió como ministro de Agricultura, Comercio e Industrias. Al momento del golpe militar, en 1968, era ministro de Estado del Dr. Arnulfo Arias, por lo que fue forzado a dejar el país. No obstante, nunca desmayó en la lucha para derrocar a la dictadura y recuperar la democracia, justicia y libertad en nuestro país. Decía que había que luchar por los derechos humanos de miles de ciudadanos que sufrían persecución y destierro.
Durante su exilio, en cada foro que se presentaba exponía la difícil situación que se vivía en el país debido a la dictadura militar. Su lucha civilista fue continua, hasta que en el mes de diciembre de 1989 se logró recuperar la democracia y la libertad en Panamá.
El presidente Guillermo Endara lo designó contralor general de la República, cargo que ejerció con firme convicción, independencia y responsabilidad, en una trasparente y titánica labor para recuperar la finanzas del Estado, a través de un control del gasto público, con disciplina fiscal. Había que rendir cuentas y evitar gastos superficiales; frenar la corrupción y el juega vivo; y sanear lo que, por más de 20 años, se había despilfarrado durante el periodo militarista. Fue un paladín que demostró que se puede ser servidor público, sin esperar más recompensa que el deber cumplido.
Chinchorro y su corbata de gatito se convirtieron en un hito del trabajo y la honradez. Y por ese compromiso de un mejor Panamá aceptó, en 1994, la postulación para la Presidencia de la República. Nunca había participado hasta ese momento a ningún cargo de elección popular. Miles de panameños respaldaron a Chinchorro en esa experiencia electoral.
En su entorno familiar fue también un ejemplo para las presentes y futuras generaciones. Con su esposa Querube formó una pareja que siempre estuvo unida, en las buenas y en las malas y así lucharon por un mejor Panamá. Fue un excelente hijo, un excelente hermano y un excelente tío.
Interesado en la mayor unión familiar, siempre mantuvo el cariño y la amistad con todos. Como hijo, encontraba tiempo, aun en los momentos difíciles, para visitar a don Rucky y a doña Sixta; no importaba qué importante reunión hubiese, él los visitaba a diario aunque fuera rápidamente. Pasaba para verlos y darle un beso a Sixtota (como con gran amor la llamaba). Del mismo modo, respaldó a sus hijos, Roberto, Querubita y Rosita en su educación y formación.
Durante la enfermedad de mi madre Mery, al igual que cuando su hermano Melena enfermó, siempre estuvo pendiente al lado de ellos y –como decía– con el fusil al hombro. Siempre apoyó a sus hermanas Xenia, Heldad y Sixta y les mostró su cariño y bondad. Su amor por la provincia de Coclé fue notorio, al igual que el apego a sus costumbres, a sus campos y montañas, a su gente y a sus amigos. Casi nunca faltó a una procesión religiosa o actividad cultural. Siempre dijo presente a sus hermanos, hijos, sobrinos, familiares y amigos, en el barrio de San Antonio o en las afueras, camino a Sonadora y a cerro Sapo.
Sin duda, extrañaremos sus conversaciones y las recomendaciones que ofrecía para que estudiáramos, nos formáramos y nos esforzáramos para continuar por el camino del bien y la honradez. Con mucha frecuencia nos decía que la educación es la oportunidad para lograr una vida mejor. Nos enseñó que el trabajo es noble y que para prosperar hay que trabajar y esforzarse de forma honrada. Esa misión y visión de Chinchorro se la inculqué a mis hijos y espero que ellos hagan lo propio, con la esperanza de que así podamos tener mejores ciudadanos en el futuro.
La realidad es que nacemos y pasamos por esta vida dejando huellas, y Chinchorro nos dejó una huella imborrable. Los que lo conocimos y disfrutamos de su presencia, sabemos que la vida nos regaló la oportunidad de estar con un ser extraordinario, de una humildad digna de alabar. Todos, pero especialmente nosotros, que compartimos con él desde las entrañas de la familia, lo recordaremos como ese gran hijo, esposo, hermano, luchador y ese trabajador incansable, formador de talentos, panameño por excelencia, que dio todo para servir a su patria.

