Se han visto obligados a pasar la frontera imaginaria que divide ambos países, cansados de las calamidades y peripecias que sufren al residir en esa región. Pero llegan a Jaqué a incorporarse en las estadísticas de pobreza, donde las víctimas más numerosas son los niños.
Un informe reciente del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) reveló que más de la mitad de los menores de 18 años sufre privaciones extremas en alguna necesidad básica, como educación, saneamiento y salud. Y no solo eso: uno de cada tres niños no tiene acceso a agua potable o servicios de salud; 55 de los 59 conflictos que se han suscitado en el mundo desde los 90 no han sido entre países, sino dentro de un país, con el resultado de que la mitad de los 3.6 millones de muertos han sido niños y adolescentes.
Son esos niños, panameños y colombianos, de Jaqué, quienes nunca han estado frente a una computadora o conversado a través de un teléfono celular, pero que identifican con claridad las causas de la soterrada guerra civil que padece Colombia desde hace 40 años y que tiene sus réplicas directas en esa comunidad darienita.
Miradas inocentes de desconcierto se notan en cada acto de repatriación cuando los más pequeños, sin poder entender, tienen que regresar a su tierra dejando en el Jaqué que los acogió, amigos y familiares con quienes han entrelazado afectos, para enfrentarse a un nuevo futuro.
La Navidad y el Año Nuevo transcurrirán para esos niños bajo el signo de los desplazados: el destierro.




