La muerte sigue fastidiando. No contenta con llevarse el lunes pasado al poeta chileno Gonzalo Rojas ahora se le antoja ayer quitarnos al escritor argentino Ernesto Sábato.
Tanto malvado suelto y se vuelve a inclinar por los buenos. Después dicen que la muerte es justa y equitativa. Cómo no.
Los genios no deberían morir, como dice una bella canción de Mecano, salvo, agregaría yo, si el genio en mención así lo quiere.
En el caso de Ernesto Sábato, se sabía que estaba vivo porque no habían anunciado que se había ido al otro lado del camino, salvo ayer cuando se nos fue a los 99 años a causa de una bronquitis.
Residía en Santos Lugares, una comunidad suburbana a unos 40 kilómetros al oeste de Buenos Aires, donde hacía más de un lustro que no salía.
Antes de ser un solitario sin remedio recibía visitas, iba al cine y se presentaba en eventos públicos. Luego se encerró en sí mismo y su castillo impenetrable era esa casa de terraza grande y jardín algo descuidado, la que yo visité hace casi una década y obviamente no me atendió el novelista. Era mediodía y lo escuché comer su almuerzo. Eso bastó a mi condición de fan respetuoso.

