Vivimos en una época mediática, en unos tiempos en los que lo importante no es lo que sucede sino lo que se da por la televisión. Lo miserable de un apaño como el que nos brindan en cada acto solemne, con unos personajes vestidos de gala y dispuestos a tomar posesión de su cargo, a recibir el premio Nobel o a celebrar una ceremonia por todo lo alto mientras la nube de cámaras rodea a los protagonistas destrozando cualquier atisbo que le quede de solemnidad al espectáculo, convirtiendo la puesta en escena en absurda y, llegado el caso, brindando una nueva banda sonora gracias al tiruliru de los móviles omnipresentes, no parece preocupar a nadie.
Los escenarios como puedan ser una catedral gótica o un escenario barroco quedan despojados de toda brizna de solemnidad para volverse puro plató televisivo, incluso como esos que ni siquiera existen y los recrea una computadora. Se trata de tiempos indignos que hacen pensar lo que habrían hecho qué sé yo, desde Carlomagno a la reina Victoria, pasando por Napoleón; desde madame Curie a Hemingway, sin olvidarnos de Einstein, si en sus ceremonias se hubieran colado quienes, con ese trabajo inevitable pero intruso, acercan el acto solemne a millones de personas a costa de convertir la ceremonia en un esperpento.
A fuerza de darle importancia a la recreación cinematográfica de los acontecimientos históricos aceptamos incluso el principio de que el cine, por fuerza, es mentira amañada. No se trata ya de retocar con herramientas informáticas las fotografías eliminando personajes indeseables o añadiendo aquellos que deberían estar allí, pero andaban por otro lado. La ceremonia indigna alcanza hasta lo que parece ser más solemne: los himnos de homenaje a quienes se supone que van a ser los protagonistas de la década. La toma de posesión del nuevo presidente de Estados Unidos, aclamado como el mesías que echábamos en falta, ha padecido la misma tara, el abuso en aras de la imagen que se transmite para consumo de las masas.
Nada menos que el violinista Isaac Perlman y el chelo Yo-Yo Ma, dos de los más notables músicos de ahora mismo, acompañados de una pianista y un clarinete a quienes mi falta de cultura musical conoce peor, se avinieron al apaño de hacer como si tocaran los instrumentos durante la ceremonia cuando era una grabación la que sonaba. Se ha alegado que la temperatura era gélida y no se podía tocar en esas condiciones.
Es comprensible. Si Obama fuese un buzo y hubiera celebrado su gran día en el fondo del mar nadie esperaría que la acompañase una orquesta de cámara. Pero alguien pensó que, ante el mucho frío, la solución consiste en simular el concierto.
La metáfora es tremenda. Duele que Ma y Perlman aceptasen el papel de mimos. Pero todavía asusta más que, con todas las esperanzas puestas en Barack Obama, al final resulte que también nos están despachando un presidente mediático, una marioneta dispuesta a actuar acompañada del play back.
