Estudios aportados por sicólogos de Inglaterra y de países de Latinoamérica predicen que el ser humano del siglo XXI se convertirá en adicto a los teléfonos celulares, a la internet y a la televisión, lo que interferirá su vida cotidiana con la excusa de mantenerse conectados para saber qué sucede.

La adicción a estas formas de avances tecnológicos tiene un impacto superior en la salud mental y física si vemos el comportamiento de las empresas para lograr consumidores pasivos en una economía cuya meta es ganar en grande.

Tener apagado el teléfono o desconectarse de internet, aunque solo sea por 90 minutos, es suficiente para generar "ansiedad" en un número creciente de personas, siendo difícil precisar la adicciones y su probable cura, a diferencia del juego o el alcohol o las drogas, por ejemplo.

Los "adictos" revisan repetidamente el correo de voz y de texto de sus celulares. Llegan a padecer ansiedad o depresión y se complican si no le contestan las llamadas. La prestigiosa BBC de Londres dice que los estudios advierten que el uso excesivo del móvil se asocia a conductas que incluyen la necesidad de la persona de usar algo para sentirse bien.

Los estudios sugieren que el abuso de estos artículos en el hogar interfiere también en la educación, reduce el tiempo familiar y, al no generar actividad física, contribuye al desarrollo de la obesidad y de enfermedades, como la diabetes.

La televisión es un medio manejado por grupos económicos que solo piensan en sus intereses, sin importarles, en muchos casos, el desarrollo de la cultura o los valores humanos o las costumbres o el folclor. No es necesario controlar ni amenazar ni censurar la televisión comercial. El Estado debe responder con canales y radios propios que difundan educación y entretenimiento familiar sin aburrir, algo que ya se ha logrado en otros países.

Tampoco debemos mirar para otro lado cuando algunos canales presentan programas de contenido sexual, violento o lenguaje inapropiado con el solo propósito de ganar rating. Ganar dinero no implica que se deba destruir la integridad de la sociedad y su núcleo principal: la familia. Su responsabilidad es crear códigos de conducta que deben asumir voluntariamente como apostolados de un verdadero compromiso social.