En la Casa Blanca se suceden las reuniones extraordinarias dedicadas a Afganistán, ante la creciente inestabilidad y las víctimas civiles y militares registradas en ese país.
El envío de tropas adicionales está prácticamente decidido, ahora la pregunta es cuántos efectivos son necesarios para evitar un segundo Vietnam.
Tres semanas después de que el presidente Barak Obama fuera premiado con el Nobel de la Paz, parece inminente el anuncio de un nuevo contingente, el segundo refuerzo que se enviaría este año a la región de Asia Menor. El hombre que ha sido distinguido por su labor por la paz acaba de firmar además el presupuesto de defensa “más alto de la historia de la humanidad”, como subrayó Dana Milbank en el Washington Post.
Obama parece indeciso. Asegura que “deben ser estudiadas todas las opciones” y que es necesaria una “clara misión” de las tropas norteamericanas. Se enfrenta a un número creciente de ataques y atentados de talibanes y células cercanas a Al Qaeda en Afganistán y Pakistán y a una cifra récord de bajas de militares estadounidenses.
A principios de año anunció una “nueva estrategia” para la región, con el refuerzo del contingente militar hasta los 21 mil efectivos. La situación no ha hecho más que empeorar desde entonces y el número de soldados de la OTAN llegará pronto a los 100 mil. El máximo mando norteamericano en Afganistán, el general Stanley McChrystal, pide insistentemente el envío de 44 mil militares más.
El temor a que Afganistán se convierta en el “Vietnam de Obama”, tal y como tituló recientemente el semanario Newsweek, crece. Desde el comienzo de la ofensiva de Estados Unidos en 2001, un total de 886 soldados de ese país han muerto. Muchos temen que se trate de una guerra sin final en un país difícil de controlar.
“El deseo de más tropas responde a sueños neoconservadores, a lograr un Estado que funcione en un país que nunca ha tenido algo así”, escribió el columnista Frank Rich en el New York Times.
Y el desconsuelo se percibe en la Casa Blanca. “Un entorno de seguridad claramente complicado en Afganistán”, comentó un asesor de Obama no identificado al Washington Post. Cada vez parece más claro que “los talibanes no pueden ser eliminados como poder político y militar, da igual cuantas tropas sean estacionadas allí”.
La pregunta es cómo se puede lograr una mayor implicación de los afganos en las provincias y “hasta qué punto podemos dejar el control del país a sus ciudadanos”.
Las últimas revelaciones sobre el hermano del presidente afgano, Hamid Karzai, muestran el problema de esa estrategia. Según asegura el New York Times, Ahmed Wali Karzai aparece en la lista de asalariados de la CIA, a pesar de que, como gobernador de Kandahar, es considerado uno de los cerebros del tráfico de drogas.
Un negocio ilegal que controlan los talibanes y que les sirve para financiarse. “Ahmed Wali ilustra el desafío al que nos enfrentamos”, aseguró un alto funcionario al Washington Post. Entre tanto en Washington aumenta el escepticismo acerca de los refuerzos para la guerra.
El vicepresidente Joe Biden apuesta al parecer por una estrategia de control limitado de Afganistán y un refuerzo del envío de aviones no tripulados que ataquen sobre todo las posiciones de los talibanes y Al Qaeda en Pakistán.
Una estrategia de guerra que provoca un gran número de muertes de civiles y que ha conseguido alimentar sentimientos antiamericanos en Pakistán.
El senador John Kerry, enviado por Obama a Afganistán, también muestra su escepticismo ante el envío de efectivos adicionales y cree que el general McChrystal va “muy lejos y muy rápido”. Y eso a pesar de que el propio alto mando militar pretende controlar únicamente las zonas más pobladas del sur y el este de Afganistán y dejar el resto a su libre albedrío, lo que quiere decir, bajo el dominio talibán.
Obama está siendo presionado desde todos los frentes. Son probablemente los días más difíciles para Obama desde su toma de posesión, puesto que la guerra de Afganistán podría determinar el balance que la historia haga sobre la presidencia del político demócrata.