Creada hace seis años por Venezuela y Cuba, como plataforma multinacional para promover sus estrategias de penetración hemisférica, la Alianza Bolivariana para las Américas (Alba), ha dado un inquietante giro en su operación.
El terreno de prueba es Nicaragua. El mecanismo utilizado: la creación de sociedades mercantiles nominalmente privadas e inscritas en el país receptor, mediante las cuales se adquieren compañías nacionales, particularmente medios de comunicación.
El objetivo perseguido: poner esas empresas al servicio de los intereses de la Alianza –léase, particularmente, el gobierno de Hugo Chávez–, pero también del patrimonio privado de quienes actúan como socios. En el caso nicaragüense, la contraparte privilegiada son el presidente Daniel Ortega, su esposa e hijos.
En esta turbia modalidad de relación, las lealtades no solo se asientan en pretensiones ideológicas y de poder político, sino, también, de acumulación de riqueza personal: una peculiar síntesis de socialismo y capitalismo, bajo la sombrilla de la arbitrariedad.
La operación realizada en Nicaragua estuvo a cargo de Albanisa, empresa constituida en ese país por una filial de Petróleos de Venezuela, que aporta el 51% del capital y, por ende, domina las decisiones, y la también estatal Petróleos de Nicaragua, dueña del 49% y vinculada tanto a la familia presidencial.
La función manifiesta de Albanisa es importar crudo venezolano a precios subsidiados y exportar ganado, carne y granos. Al no ser una entidad pública, sino una sociedad de derecho privado, logra evadir cualquier control de las transacciones. El resultado es que nadie sabe adónde van a parar sus contratos y beneficios, aunque todos suponen que es al gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y sus más íntimos allegados.
Ahora el esquema ha dado un salto “cualitativo”. Hace pocos días, Albanisa compró Telenica Canal 8, una de las tres emisoras de televisión más vistas del país, que había mantenido una línea moderadamente crítica hacia el Gobierno.
La compraventa fue un claro juego de garrote y zanahoria, al mejor estilo pandillero: por un lado, presiones sobre el propietario de la emisora, Carlos Briceño, inseguro de poder mantener su frecuencia; por otro, una tentadora oferta de $10 millones, seguida por su silencio.
Así, pudieron sacar del aire una fuente de contenidos independientes y, en su lugar, generar una programación con clara tendencia propagandística.
Tan pronto se dio el cambio, Carlos Fernando Chamorro, el periodista más respetado de Nicaragua, dejó de transmitir dos programas de entrevistas, investigación y análisis que tenía en esa emisora, y Telenica comenzó a divulgar cinco ediciones diarias del noticiero de Telesur, vocero de Chávez y el Alba.
De manera arrogante, el venezolano Rafael Paniagua, gerente de Albanisa, no tuvo pudor alguno en revelar sus cartas. “Es cierto que compramos Canal 8 –respondió, desafiante, a la prensa–. ¿Y qué tiene de extraño que aparezca Alba-TV, y qué tendría de extraño más adelante que apareciera Alba-Ferrocarril, y luego Alba-Líneas Aéreas…?”.
El mensaje es que, más allá de sus ropajes oficiales, el Alba se ha convertido en una gran holding empresarial, capaz de trocar las actividades mercantiles en instrumentos de Chávez y sus acólitos.
Sin duda preocupa lo que este esquema implicará para la libertad de expresión en Nicaragua, cada vez más amenazada.
Tal como expresó el escritor y comunicador Guillermo Cortés, la operación “es la manifestación más grande de avance en el control mediático de parte del Frente Sandinista”, que ya posee el Canal 4 y ha logrado neutralizar el contenido periodístico de Canal 2, el de mayor audiencia.
Hoy, como ha sucedido en Venezuela con Venevisión, esta emisora difunde una programación totalmente edulcorada, para mantener su frecuencia. También preocupa que estemos ante un esquema replicable en otros países; una novedosa plataforma de potencial intervención chavista desde las estructuras corporativas típicas del capitalismo, subvencionada con los petrodólares de los que priva a su propio pueblo.
El socialismo del siglo XXI no cesa de dar sorpresas.