Año del chorizo

2010 es el Año del tigre, según el horóscopo chino. En Panamá es el Año del chorizo. De cegar –aborígenes de Bocas- y poco segar -con tanta inundación de los sembradíos. De Changuinolazo y pinchazo. Productiva la terminación “-azo”. De fritanga procuradoral, y miasma. De pinchazos y chuzadas. De sequía latinoamericana en la Copa del Mundo. Annus horribilis.

La Ley 30 define 2010. La mayoría de los diputados, sin atender razones, endosó el engendro que le remitió el Ejecutivo, en medio de la vuvuzela nacional. No de alegría por la goleada. Ante cualquier desazón de la humanidad panameña, existe una voz de sensatez.

-Vétala-, demanda doña Martha Linares. Si hubiese conseguido esa proeza, nos hubiéramos ahorrado tanto sufrimiento patrio.

Nunca un desaguisado oficial tuvo tantos apelativos: chorizo, camarón, langosta, golazo, mundialazo, madrugonazo. Supe hasta de recriminación oficial ante tanta frondosidad creativa respecto de una ley. El autor trasladó a esta tierra el Paraíso. Llegó con su pecado original. Aunque sin Adán y Eva. A la instancia parlamentaria –aunque aquí no hay Parlamento-, se le anunció que se trataba de un proyecto de aviación y resultó un dragón de mil cabezas.

‘Aviación’ procede de ‘ave’, y ese mundo volador conforma el ambiente, que rige el humano con la ecología, y en la ecología, caben el gato, el perro y el ratón. Es el teorema de la Ley 30. Después de la batahola, los cegatos y la violencia policial en Changuinola, un ministro explica que en EU se practica el sistema legislativo ómnibus. Acá no. Lo más próximo en estos pagos es el metrobús… en el papel.

Con tanto chorizo en mano, que se prohíba la fabricación de embutidos, y extender en la Asamblea Nacional hasta 2014 la veda de camarones y langostas. Puñalada por la espalda, con alevosía. El chocolatazo suizo contra España y el momento en que Villa levanta el trofeo ante La Cibeles madrileña se evaporan en medio de esta marabunta. Disputa sin árbitro: nadie le canta a ese chorizo tarjeta roja, ni fuera de juego.

A Colón tampoco le fue bien en la región noroccidental. Se tropezó, no solo con la furia del mar, sino con la desavenencia de los humanos ascendientes de los obreros contemporáneos de la United Fruit. Al mando del “Señor de la Tierra”, como el Almirante bautizó a Quibián, fue expulsado de la desembocadura del río Yebra (Belén). Fuera. En la costa trastabilló la aureola de aquel intrépido personaje que había descubierto para los europeos un nuevo continente. Deben conocer la nación y su historia quienes pretenden dirigirla.

Si el Gobierno cegó a manos llenas en Changuinola, La Niña ha segado nuestros sueños y plantaciones, y a profundizar la miseria de nuestras familias. Ni los verbos cegar y segar escapan de este annus horribilis. El zafarrancho mayor se registró con la defenestración de relojería suiza de Ana Matilde de su cargo de fiscal general, y del zafarrancho pascual protagonizado por su sucesor y féminas de alto rango en esa plaza. Interinato en apuros. ‘Zafarrancho’ y ‘chuzada’ –pinchazo- las exportamos de nuestra vecina oriental, de donde aterrizó la María Pili. Tiempos de ‘zafarrancho’.


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